lunes, 15 de febrero de 2010

Lunahuaná

Mi caballo se llamaba Cutato. El de Genca, Cenizo. Cutato era un alazán manso y amable. Cenizo, un tordillo un poco arisco, pero sólo un poco. Salíamos por la mañana, cuando el sol empezaba a convertir las gotas de rocío en un velo de vapor que distorsionaba el horizonte, regalándonos espejismos harto divertidos. Mi mamá nos despedía desde la puerta de la casa, en medio de recomendaciones que Blanca, la muda que nos acompañaba, respondía con movimientos de cabeza y sonidos guturales que no entendía nadie. Gloria también venía con nosotros. Era la hija de Juana, esposa de Paulino, el capataz. Y también un burro anónimo, resignado y silencioso, que después regresaría cargado de leña para el almuerzo de la peonada. Blanca y Gloria iban a pie. Gloria corría de un lado a otro, para chapar alguna mariquita o para perseguir a un grillo que saltaba en arcos invisibles cuando los cascos de los caballos alborotaban la hierba del camino.
Un poco más allá, pasábamos junto a Bernabé. Al vernos, clavaba la lampa en el suelo, se quitaba el maltrecho sombrero de paja que lo protegía del sol, se enjugaba la frente, y nos saludaba con un alegre movimiento de la mano. Bernabé era mi amigo. Me hacía hondas con el caucho de las llantas desechadas del tractor y con horquillas de huarango. Las tallaba los sábados por la mañana, mientras esperaba que le llegue el turno para recibir su pago semanal. Cuando mi papá - con ese tono solemne que me daba miedo - lo llamaba por su nombre y apellido, Bernabé se acercaba abriéndose paso entre los demás peones y cobraba su salario. Yo lo seguía con la mirada. Ya sabía que tenía una honda reluciente, lista para mí.
A veces nos cruzábamos con el camión cargado de algodón o de tomates. La bocina, otro gesto alegre con la mano, un leve respingo de las bestias. O bajábamos por la quebrada, hasta el río, para que los caballos tomen agua en los charcos que se formaban en el pastizal. Casi siempre íbamos al campo abierto, donde no había cultivos. Correteábamos, recogíamos hojas de formas caprichosas y mataperréabamos hasta quedar colorados por la risa y por el sol.
De regreso, mi mamá nos esperaba con el almuerzo listo. Podían ser tallarines con camarones - abundaban en el río -, pejerrey de río arrebosado o, tal vez, una sopa chola, con su buena presa de gallina, fideos gruesos, huevo duro, aceituna, y su denso aroma, cargado, ahora lo sé, de intenso amor de madre.
Después de almuerzo llegaban las señoras con las naranjas de la huerta. Sacos y sacos de yute llenos de naranjas que olían como deben oler siempre las naranjas. Genca y yo nos preparábamos entonces para nuestra actividad favorita. Dos señoras cargaban un saco y lo vaciaban sobre una especie de cama de madera con tres fondos y agujeros de tres tamaños distintos. Como un torrente frutal, un sonoro torontontón sobre la madera, que disminuía según el saco se iba vaciando, las naranjas rodaban hasta caer por los huecos que les correspondían y allí, en su sitio, quedaban detenidas. Mi hermana y yo disfrutábamos alborozados del espectáculo. Nos reíamos, apostábamos entre gritos sobre qué naranja dónde y señalábamos, excitados, los ombligos prominentes que lucían algunas de las frutas redondas y doradas.
Después, los tomates. Los pequeños, firmes y alargados, para la ensalada. Los grandes, carnosos, jugosos, para guisos. No recuerdo por qué, llamábamos güichos a los que venían en parejas, amellizados.

- ¡Mira, mamá, un güicho! - gritaba Genca, y el tomate doble era inmediatamente separado para comerlo por la noche, convencidos de que su sabor era especial, fantástico, mágico.

Sí. A comer, a bañarse y a dormir. Antes, de rodillas, le rezábamos a nuestros ángeles de la guarda. El mío, dulce compañero, todavía - es increíble - no me abandona ni de noche ni de día. Genca se fue, temprano. Yo sé que está en esa Lunahuaná que también se fue con ella.

lunes, 1 de febrero de 2010

SE VENDE MARQUÉS


A Isabella d’Este se le paraban los pelos y saltaba hasta el techo cada vez que recibía noticias de las andanzas de su hijo, Federico Gonzaga, marqués de Mantua. Fico era un mujeriego irredento, una verdadera joyita. Encantador como una serpiente, respecto a las damas tenía “una naturaleza viciosa”, según dijo un embajador extranjero que lo conoció en Venecia, cuando el marqués ya había conocido, al revés y al derecho, a su esposa. Desesperada porque a los 29 años su hijo favorito no tenía descendencia, a Isabella se le metió entre ceja y ceja casarlo, para que, como quien dice, parara la mano. Tenía, pues, que conseguirle una esposa, pero, con esa reputación, ¿quién querría ser su mujer? Es aquí cuando entra Tiziano. El pintor se reunió con la marquesa, quien le explicó al detalle el problema. Tiziano entendió perfectamente de qué se trataba el asunto: había que marquetear al marqués, pintándolo como un potencial esposo fiel, guapo, rico y, como si esto fuera poco, cristiano devoto.
Lo primero que hizo el artista fue escoger un formato adecuado y a la vez novedoso. El tres cuartos tiene la virtud de mostrar una verticalidad aristocrática, que resultaba muy conveniente. A continuación, le colgó del pescuezo un rosario de oro y lapislázuli, convirtiéndolo así en un hombre piadoso y rico, porque había que tener buen billete para lucir un rosario como ese. Después de vestirlo con ropa sobria y finísima, que hablaba de su magnífico gusto, Tiziano puso la cereza que coronaba la torta: el perro maltés que lo acompaña. Hasta ese momento, esa raza de can era más propia de los retratos femeninos. Los hombres se hacían retratar con perros de caza que representaban fuerza y potencia, pero como se necesitaba vender fidelidad, Tiziano pintó juntos al marqués y al maltés. Fidelidad, eso simbolizaba el perrito.
Federico estaba comprometido desde muy joven con María Paleologa, pero todo el mundo sabía que a él le gustaba mucho más Isabella Boschetti, la esposa de un conde, con la que se vitrineaba de lo lindo por calles y plazas de Mantua. Cada vez que su mamá le tocaba el tema del matrimonio con María, el buen Fico salía con que ella todavía no había heredado el título, porque su padre se negaba a morir, así que paciencia, porque mientras el tío estuviera vivo, las ricas tierras que poseía no pasarían a ser suyas. A la viejita se le acabó la paciencia cuando un buen día apareció ahogado el conde, el esposo de Isabella Boschetti. Federico dijo “a mí, que me registren, yo no tengo nada que ver”, pero, Mantua entera, comenzando por la pobre María Paleologa, comprendió que la Boschetti jamás iba a desaparecer del mapa. Adiós matrimonio, adiós tierras.
Para suerte de la otra Isabella, la d’Este, es decir la mamá de Federico, la magia de Tiziano comenzó a surtir efecto. Carlos V, rey de España, visitó Mantua, vio el cuadro, y al toque le ofreció la mano de su tía, Julia de Aragón. Junto con la mano venía el título de duque, de modo que Federico atracó. A poco de casarse, Bonifacio, el papá de María, se cayó del caballo y se rompió la crisma. María era por fin la heredera. Federico hizo cuentas y decidió que más le convenía María que Julia y rompió el compromiso. La gracia le costó cincuenta mil ducados, pero con la guita que le iba a tocar, eso era un sencillo.
Y otra vez el diablo metió la cola. Cuando ya estaban repartiendo los partes, María murió. Federico, que era bien vivo, lloró diez minutos y se casó con Margheritta, la hermana menor de María. Tuvo siete hijos y hasta dicen que fue muy feliz. ¿Cómo no iba a serlo?

lunes, 11 de enero de 2010

La leyenda negra del diamante Hope

Jean-Baptiste Tavernier, su primer propietario conocido, describió su color como “un beau violet”, un hermoso violeta. Es del tamaño de una nuez y no es el más grande del mundo, pero ninguno irradia un azul tan profundo e intenso como el diamante Hope. Hoy está en el Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian Institute, en Washington. Gira lentamente dentro de una urna de vidrio, como si quisiera dejar atrás su agitada existencia. Ese azul indescifrable le ha dado mucha fama, pero mucho más su historia de tragedias, vinculada a muchos de los que de una manera u otra tuvieron algo que ver con la joya maldita.
Hasta mediados del siglo pasado, la India había sido la única fuente conocida de diamantes en el mundo, hasta que se descubrieron en Sudáfrica, la sede del mundial de fútbol, donde una vez más no estará el Perú. Los rajás y los maharajás se adornaban con diamantes, como símbolo de poder. Tavernier, el del “beau violet”, tenía debilidad por los diamantes. Tanta, que hizo seis viajes a la India – no en Air India, precisamente, porque faltaba mucho para que los bróders Wright surcaran los aires por primera vez – para agenciarse algunas de estas piedras que tanto le gustaban. No se sabe cómo, probablemente rompiéndole la mano a algún funcionario palaciego, porque allá también se cuecen habas, el francés se apropió del Hope, que, claro, todavía no se llamaba así. Poco después, en 1668, se reunió con Luis XIV en su despacho real del palacio de Versalles y se lo vendió, empujándole de paso otros mil diamantes que tenía bien guardados. De Luis XIV pasó a Luis XV y de él – los franceses sabían contar bien – a Luis XVI y a su esposa, María Antonieta. Los monarcas, ya sabemos, perdieron la cabeza, pero no por el diamante, sino por la guillotina. El año anterior, durante la Revolución Francesa, unos choros se habían colado por las ventanas del Depósito Real y se habían pelado el Hope, además de la mayor parte de las joyas de la corona.
Y no volvió a aparecer hasta 1809, como parte de la colección de Daniel Eliason, un rico comerciante de piedras preciosas, que se negó obstinadamente a revelar cómo llegó a sus manos. Su siguiente propietario fue Jorge IV, el rey inglés, y de ahí pasó a Henry Philip Hope, de quien tomó el nombre. Hope pertenecía a una próspera familia de comerciantes procedentes de Amsterdam. Su nieto, Henry Thomas Hope heredó el diamante y también la afición por las carreras de caballos. Era tan burrero, que a los 27 años ya debía 230 000 libras esterlinas, es decir unos 10 millones de euros actuales. Casi nada. No obstante, Henry conservó el diamante hasta su muerte, a los 54 años. De él pueden decirse muchas cosas, menos que su familia fuera estructurada. Su papá tenía incontrolables ataques de furia, su mamá era chiflada, su hermana adicta al opio y su hermano travesti, lo que hoy es como las huevas, pero en esa época era un rochesazo.
Su nieto, lord Francis Hope, recibió el diamante en 1901 como herencia, pero, por si las moscas, lo vendió al toque a la empresa joyera Joseph Frankel’s Sons & Co. De nada le sirvió. Su esposa, May Yohe, se divorció de él y se casó con otro pata, pero a ella tampoco le sirvió de nada la en otras circunstancias saludable separación. Decidida a mantenerse por sí misma, adquirió una granja en Nueva Inglaterra y la convirtió en la posada Blue Diamond Inn. Craso error bautizar así su negocio. La posada se incendió. Sólo quedaron cenizas. May terminó sus días trapeando pisos.
El millonario turco Selim Habib compró el diamante en 1909, sólo para vendérselo a un joyero parisino. Pero, ni modo, no pudo esquivar la maldición del Hope. Ese mismo año se hundió frente a Singapur el buque en el que viajaba y los tiburones se lo comieron con zapatos y todo. El joyero parisino, al enterarse, lo vendió a los hermanos Cartier. Los Cartier – sapos como ellos solos – corrigieron, aumentaron y difundieron la leyenda de la maldición, sabiendo que así fomentarían el interés de posibles compradores. Ned y Evalyn – no Evelyn – McLean, uno de los matrimonios más ricos de Estados Unidos, cayeron en la trampa y compraron el diamante. Uno de los Cartier lo llevó en persona a América, a bordo del Lusitania. Al año siguiente, el buque fue hundido por un submarino alemán, provocando la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Años después, en 1919, Vinson, uno de los tres hijos de la pareja, murió atropellado. Tenía 9 años. Todo el mundo le aconsejó a Evalyn que tirara el diamante para romper el conjuro, pero ella no hizo caso. Los McLean perdieron su fortuna y sus propiedades, incluido el Washington Post, ni más ni menos. Él murió psicótico y alcohólico. Ella, recontra adeudada. El diamante tuvo que ser vendido para pagar las arrugas que dejó la tía.
En 1949 lo compró Harry Winston, otro ricachón. Después de exhibirlo por todo el mundo, lo donó al Simihsonian Institute. Winston lo envió por correo, en un paquete. Antes, ni cojudo, lo había asegurado en un millón de cocos. No había pasado mucho tiempo desde que el cartero, James Todd, de 34 años, había hecho firmar el cargo por la entrega, cuando un camión lo aplastó. Todd perdió una pierna, su esposa murió de un ataque al corazón y su casa se incendió. Tres al hilo.
Sea como fuere, la gema reposa desde hace 60 años en Washington y hasta el momento no se ha reportado ninguna desgracia. Lo que no entiendo es por qué yo soy tan piña, si nunca he tenido nada que ver con el diamante Hope.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Un recuerdo temprano

Sólo los que saben pueden comprender – con las vísceras, no con el cerebro, con el corazón, no con la cabeza – que cuando uno sube corriendo las sombrías escaleras del Estadio Nacional y llega a las tribunas, se encuentra con uno de los espectáculos más hermosos del mundo. La luz aparece de pronto, deslumbrando, para poner frente a los ojos el verde de la cancha, los vivos colores de las camisetas, la pelota que va de acá para allá, mientras los futbolistas calientan. El rumor sordo de la multitud estalla en un sonido que parece concertado por la expectativa del partido que ya va a comenzar. Es la atmósfera mágica del fútbol, el prólogo de la batalla que se viene, el tirante ambiente previo a la hora señalada.
La primera vez que viví es sensación fue en 1960 o tal vez en 1961. Era un clásico, jugaban Universitario de Deportes y Alianza Lima. Yo, un niño, sabía poco o casi nada (gracias, Nicola di Bari, la frase es tuya) de esos equipos. Me gustaba el fútbol, por supuesto, pero hasta ese momento era diversión, no competencia. Tampoco tenía idea de que iba a conocer a mis propios héroes homéricos, que en vez de atravesarse con lanzas, flechas y espadas, se daban pases, cabreaban, cabeceaban, pateaban al arco y, naturalmente, metían goles en el arco contrario con la misma fuerza y virilidad de los guerreros de la antigüedad. Esa tarde, apenas los equipos salieron a la cancha - no recuerdo cuál primero, cuál después, en esa época la FIFA no obligaba a que salgan juntos -, en ese mismo instante, me hice hincha de la “U”. No puedo explicar por qué. Mi padre era de Alianza. Chenta, que fue la que me llevó esa tarde, también era aliancista. Quizá algún psicoanalista, nunca se sabe, pueda creer que ha descubierto mis motivos más profundos. A mí no me interesa, lo cierto es que desde ese día - y para siempre – soy crema.
Dimas Zegarra estaba en el arco, Jorge y José – los hermanos Fernández, dos leones, sobrinos del gran Lolo – en la defensa. Joe Calderón y la Lora Gutiérrez eran volantes. Ángel Uribe y Alejandro “Pelé” Guzmán”, eran los ágiles, como llamaba la prensa deportiva de entonces a los delanteros. Faltan otros que no recuerdo, por algún motivo esos nombres quedaron grabados en mi memoria. Universitario ganó 1 a 0, con gol de Guzmán. En un contraataque, alguien tiró un pase largo y la pelota quedó dando botes a unos 30 metros del arco. Guzmán la picó con la cabeza, ganándole el vivo a Wantuil de Trinadade, un brasileño grandazo y pesado, back central de Alianza. Lo demás fue pan comido. El nueve crema corrió con la pelota amarrada a los pies, pisó el área con la soltura de los goleadores y cuando Rodolfo Bazán, el buen arquero victoriano, salió a cortarlo, la tocó suavemente por debajo de su cuerpo, y a cobrar.
Desde entonces, el fútbol no volvió a ser lo mismo para mí. Se convirtió en una parte muy importante de mi vida. Cuando la “U” ganaba, yo era el más feliz del mundo. Cuando perdía, yo sufría como nadie. Sus jugadores eran mis ídolos y yo estaba convencido de que tenían una dimensión superior a la humana. No eran mortales como los ingenieros, los médicos, los abogados: eran futbolistas. Sin embargo, nunca fui un fanático. Conforme fui creciendo, la realidad fue imponiéndose. Ahora sé que nuestro fútbol es de tan baja categoría, que parece un deporte distinto al que se juega en otras partes. Ni siquiera es materia opinable que estamos en el sótano de Sudamérica y ganarle a Ecuador o a Venezuela es una hazaña. Tengo pena y también mucha cólera, pero no me vengan con que por eso ya no debo ser hincha de la “U”, que es ridículo emocionarse con los goles de Piero Alva o con las increíbles tapadas de Supermán Fernández, otro de la dinastía. Voy a seguir siéndolo hasta que me muera y eso significa – lo digo por si acaso – que todavía voy a festejar muchos campeonatos más. Ser hincha de Universitario de Deportes no pasa por los resultados. Sin duda, prefiero que gane a que pierda, pero en cualquiera de los casos, la “U” está en mi pecho, porque, como dijo el Puma Carranza, en frase que quedará para la posteridad: la “U” es la “U”.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Ayer no pude hablar con ella

“No pude hablar con ella ayer”. “Ayer no pude hablar con ella”. ¿Significan lo mismo estas dos frases? No, porque la primera comienza por el sujeto (yo, por más tácito que sea) y sigue con el verbo y los complementos. Estoy diciendo únicamente que ayer no pude hablar con ella, sin dar más información. En la segunda, el orden cambia y la circunstancia – ayer – ocupa el primer lugar. Esto le da un valor adicional al adverbio ayer, porque enfatiza que ayer, exactamente ayer, no pude hablar con ella. Estoy informando, de alguna manera, que los demás días si hablaba con ella, pero ayer, precisamente ayer, no pude.
Y ayer fue sábado, que vienen del latín sabbatum, éste del griego sabbaton que viene del hebreo sabbat, que a su vez proviene del acadio sabbatum, que significa descanso. Los nombres de los otros días de la semana vienen del latín y – excepto el domingo, Dominicus dies, día del señor – se refieren a los astros. Iovis dies era para los romanos el día de Júpiter, que es nuestro jueves, así como Veneris dies, el viernes, era el día de Venus y Martis dies el día de Marte. Esos tres días terminan en “s”, mientras que los otros, lunae, mercurii, en otras letras. Sin embargo, como recitar lunae, martis, mercurii, ioves, veneris, ocasionaba ciertas molestias, al asimilarlos a nuestro idioma castellano, le agregamos una “s” a lunae y a mercurri. Por eso decimos ahora “hablamos el lunes” o “¿almorzamos el miércoles?”, en vez de decir “hablamos el lune” o “¿almorzamos el miércole?”, como estrictamente debería decirse.
Sutilezas del lenguaje, pero en todo caso, si ayer no pude hablar con ella fue por causas ajenas a mi voluntad. Que conste.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El peor de todos

Lucy vivió hace entre 3,9 y 3 millones de años. Fue una joven de 1,05 m. de estatura y unos 30 kilos de peso. Aunque - lo mismo que tú y que yo (sobre los choferes de combi y los que dirigen la televisión peruana tengo serias dudas) - pertenecía al género Homo, no era humana. Era, ella no lo sabía, una Australopithecus afarensis. Del estudio de su esqueleto, así como del de los restos de otros ejemplares encontrados, se ha podido establecer una serie de características de los homínidos de esa época, características que nosotros, los Homo sapiens, hemos heredado. La primera, es la condición de bípedos, que está indubitablemente establecida por la anatomía de la cadera y la rodilla, regiones directamente vinculadas con la marcha. Se sabe también que sus piernas eran del mismo tamaño que sus brazos y que sus pulgares tenían la suficiente longitud como para manipular con precisión todo tipo de objetos. Otra característica de la anatomía del Australopithecus tiene mucho interés. Resulta que la vagina de las hembras de esa especie tenía una orientación ventral – hacia delante – y no dorsal – hacia atrás – como los demás mamíferos. Esto determinó dos de los rasgos más singulares de la especie humana: hizo el parto más complicado y permitió la cópula – variantes exquisitas al margen – cara a cara. Respecto a lo primero, podemos deducir que la complejidad del parto generó la necesidad de ayuda, la que, naturalmente, provenía de otras hembras. En cuanto a lo segundo, el coito face to face posibilitó las relaciones afectivas duraderas.
La cooperación solidaria entre las mujeres y la relación entre sexo y amor son rasgos exclusivamente humanos, que bien pudieron comenzar a gestarse en la época de Lucy, pero también, de algún modo, pudieran contarse dentro de los orígenes del lenguaje.
Al respecto, hace poco más de un año, el antropólogo Robert McCarthy, de la Universidad Atlántica de Florida, conmocionó a los científicos del planeta entero al presentar la reconstrucción sonora de la voz de un neandertal. Utilizando una computadora y un sintetizador, McCarthy generó el sonido de la letra “e” (sonido en inglés), tal como – según McCarthy, por supuesto – la pronunciaba el neandertal. Para quienes quieran escucharlo, el enlace: www.fau.edu/explore/media/FAU-neanderthal.wav.
Lo que hizo McCarthy fue tratar de encontrar la ubicación de la laringe, la lengua y el hueso hioides, en los neandertales. A partir de eso diseñó una especie de simulador para recrear el sonido. Sin embargo, simular no es lo mismo que reconstruir la anatomía y el funcionamiento de la garganta, lo que ya es harina de otro costal. La lengua, la laringe y las cuerdas vocales están hechas de tejido blando y por lo tanto no fosilizan. Antes que desanimarse, los paleoantropólogos buscaron en la base del cráneo y en el hueso hioides las claves necesarias, pero luego de estudiar decenas de cráneos y numerosos hioides, llegaron a la conclusión de que tampoco era posible reconstruir el aparato fonador con ese método. Se aproximaron entonces al problema por otra ruta: el camino del oído.
Como sabemos, en el oído se encuentran los huesos más pequeños del cuerpo humano, es decir el martillo, el yunque y el estribo. Esos huesitos, junto con el tímpano y el conducto auditivo externo, se encargan de transmitir las ondas sonoras del aire, desde el exterior hasta el oído interno. Al hacerlo, filtran acústicamente los sonidos que transmiten, potenciando unas frecuencias y anulando otras. Debido a esto, las llamadas de los chimpancés, por ejemplo, son acústicamente muy sencillas y contienen poca información, ya que las ramas y las hojas de la selva – su hábitat – distorsionan el sonido, motivando que el filtro de sus huesos del oído lo limite a una banda estrecha. En los humanos, por el contrario, la banda de frecuencia es mucho más ancha y de mayor sensibilidad. Nuestro oído está sintonizado a la voz de nuestros semejantes. Al estudiar el oído de los neandertales, se ha comprobado que oían como nosotros, lo que permite deducir que fueron capaces de hablar también como nosotros.
Finalmente, como concluye una publicación especializada que leí, resulta significativo que la mejor aproximación al origen del lenguaje se haya dado no a través del órgano que emite la voz, sino del que la percibe. Es como si fuese necesario recordarnos que la capacidad de escuchar al otro nos hace tan o más humanos que la capacidad de hablar.
Y en eso, como me dijera mi querido hermano Chino esta misma tarde, yo soy el peor de todos.

martes, 27 de octubre de 2009

Mis hoteles I (Ayacucho)

Viajaba a Ayacucho para un taller con periodistas. El avión de LcBusre era un jet pequeñito, para 12 pasajeros, sin espacio para baño, sin aeromoza y, por lo tanto, sin posibilidad de tomar un trago para calmar la ansiedad. Un vuelo tranquilo, sin más sobresaltos que los proporcionados por mi inquieta imaginación. Finalmente, aterrizamos y me puse el primero junto a la puerta, con ganas de pisar tierra lo más pronto posible. La puerta se abrió y me ofreció un insólito panorama: un batallón de soldados formaba frente a mí, en la pista. A su lado, una banda militar, los maestros prestos a tocar. En ese momento, recordé a mi entrañable amigo, el reportero gráfico - un abrazo, Chino, cuánto que no nos vemos - Walter Hupiú. Recordé que cierta vez Fujimori fue a Italia en visita oficial y el periódico en el que trabajábamos lo comisionó para cubrir la visita con sus excelentes fotografías. Naturalmente, Walter se la pegó la misma noche en que llegó y, naturalmente también, se quedó dormido. No pudo ser parte de la comitiva que acompañaba a Fujimori a su entrevista con el Papa en el Vaticano. Desesperado, podía perder la chamba, ¿cómo explicar su ausencia?, el Chino salió del hotel, pensando tomar un taxi y después ver cómo entraba a la audiencia. En la puerta, un auto oficial, con banderitas del Perú y de Italia incluidas. El chofer se ofreció a llevarlo y Walter, en menos tiempo del que me toma contarlo, ya estaba sentado en el asiento trasero. El auto partió, pero el tráfico romano era infernal y el auto avanzaba demasiado lentamente. El Chino, angustiado, sacó la cabeza por la ventanilla y, entonces, la gente que estaba en la calle lo vio. De noche, todos los gatos son pardos y para los italianos todos los chinos, Fujimori, así que empezaron a vitorearlo. Walter, que es más pendejo que las arañas, empezó a saludar con gestos presidenciales. Los transeúntes lo aplaudían, él seguía saludando. La policía empezó a abrirle camino y el Chino, mandatario por diez minutos, seguía agitando majestuosamente la mano a la multitud que acordonaba las veredas, hasta el Vaticano. Llegó a tiempo.
Pues bien, yo me acordé de esto y empecé a bajar la escalinata con andar y gestos presidenciales también. La banda arrancó a tocar la marcha de banderas y yo, sin saber todavía por quién me habían tomado, saludé orondo, feliz, majestuoso. Por un momento estuve tentado de imitar a Donald Sutherland cuando en Doce del Patíbulo pasa revista a las tropas que lo habían confundido con un general de dos estrellas, pero la sensatez se impuso y me dirigí veloz a recoger mi equipaje.
En el hotel me enteré de que había viajado conmigo el Vicario General castrense (o yo con él, creo), precisamente con rango de general. La aparatosa bienvenida era, claro, para él, no para mí, pero yo logré engañarlos durante un rato. Fue muy divertido. Era el hotel Universal, donde ya había estado antes. Lo recordaba muy bien, porque mi amigo Martín, que entonces pesaba 112 kilos, había roto dos veces el asiento del water y su gracia nos salió a razón de 50 soles por tapa. Esta vez no pasé la noche ahí. Apenas llegué, vi una bandada de cuervos, urracas, chivillos y otros pájaros de negro plumaje, que se paseaban por la recepción como Pedro por su jato. También había pingüinos. No era, por cierto, un congreso ornitológico, sino más bien uno eucarístico, o algo así. Por eso el hotel estaba lleno de curas y monjas, y por eso el importante vicario había llegado a Huamanga.
Incapaz de permanecer junto a tanto ministro de dios, me trasladé al Hostal Santa María, a pocas cuadras del Universal. Dormí tranquilo, sin curas ni monjas. Y también sin marcha de banderas.
He estado muchas veces en Huamanga, pero hay una que tengo grabada. Era febrero y se celebraban los carnavales. Yo tenía que entrevistarme - también con Martín - con unos alpaqueros en una comunidad a cinco mil metros de altura. Nuestro enlace era un ingeniero ayacuchano que debía proporcionarnos una camioneta y guiarnos. No lo conocíamos, sólo teníamos su dirección. Llegamos a su casa. No estaba. Su mujer nos dio explicaciones confusas y nos pidió que regresáramos por la tarde. Aprovechamos el tiempo para recorrer la ciudad, que era un jolgorio. Las comparsas, que eran legión, desfilaban alegremente por las calles, cada una con su banda. Las Diabladas, los Negritos de no sé dónde, las Pallas y cuanto bailarín folclórico existe llenaban de colorido a Huamanga. Por todas partes música, gritos, bulla, borrachos alegres.
Por la tarde, regresamos a casa del ingeniero, pero de él, ni la tos. Más explicaciones confusas, más música, más baile, más borrachos alegres, más bulla. Fue una noche difícil. Nadie dormía en Huamanga. Yo tampoco. Más música, más bailes, los borrachos más borrachos, más alegres. A la mañana siguiente, más de lo mismo. Decidimos entonces alquilar una camioneta por nuestra cuenta y partimos hacia las alturas. Parecía un descanso. No bulla, no música, no bailes, menos borrachos, menos alegres y más silenciosos. Pero los cinco mil metros sobre el nivel del mar también hicieron lo suyo. Y el frío. Y la nieve. Todo era blanco, blanco como la nieve, je, je. Los pies también tiritaban cuando se hundían al caminar. Yo pensaba en el ejército de Napoleón en Rusia. Para colmo, entré a una bodega y no tuve mejor ocurrencia que agarrar una rama que encontré sobre el mostrador. Era ortiga. Hay que pasar por la experiencia para saber lo que es poner esa planta maldita en contacto con la piel. Fue como un choque eléctrico, seguido de un ardor inenarrable, que me duró varias horas. Con ortiga o sin ortiga, el trabajo se hizo y por la noche regresamos a Huamanga. Más bulla, más de todo lo que ya saben. Y el ingeniero, vuélvete.
Tampoco pudimos dormir esa noche. Era sábado y había más música, más baile, más bulla. Los borrachos estaban más borrachos que nunca. Más alegres, también. Todo igual, excepto que había cuetones (que suenan más fuerte que los cohetones), castillos y fuegos artificiales. Se hizo de día y mis párpados, de plomo, se cerraban para vover a abrirse con la música, la bulla, los borrachos, etcétera, etcétera. Fuimos a tomar desayuno al New York, un local en el que servían café en unas lindas tacitas con imágenes de Nueva York - yellows cabs, el Empire State, el Central Park - de un gusto exquisito. Ahí conocí a un simpático mocoso. Se llamaba Rommel, era lustrabotas y quería ser astronauta. Un ayacuchano pisando Marte, pensaba, de camino a casa del ingeniero. Esta vez lo encontramos. Estaba borracho. nos invitó a acompañarlo a bailar con su comparsa. Su comparsa, la explicación de su ausencia. Rechazamos cortésmente la invitación. Lo cortés no quita lo cansado y nosotros queríamos descansar. ¿Descansar?, dijo el ingeniero, están bien cojudos, maestros. Y claro que estábamos bien cojudos. ¿Cómo no?, si ya no recordábamos la última vez que dormimos. A todo esto, claro, seguía la música, el baile, la bulla y los borrachos ya no podían más de borrachos. Pero - todo el mundo lo sabe - no hay mal que dure cien años. Terminaba el domingo y también el carnaval. Poco a poco, todo se fue apagando, hasta los borrachos. Nos fuimos al hotel a dormir un poco, porque nuestro vuelo salía al día siguiente, temprano. De pronto, más bulla, más música. al borde de la locura, salimos a la calle a ver qué pasaba. ¿Acaso no había terminado el maldito carnaval? Sí, pero no para todos. Una comparsa desfilaba por la calles cercanas al hotel. Era la comparsa de los gays de Huamanga, que impedidos de desfilar junto al resto de los huamanguinos, desafiaban valientemente la discriminación abusiva, cuando toda la ciudad dormía. Nos gustó el gesto y los acompañamos durante un rato. Y los aplaudimos.
Y después nos fuimos a dormir.