sábado, 8 de agosto de 2009
miércoles, 5 de agosto de 2009
Hiroshima
El 6 de agosto de 1945, a las ocho y quince de la mañana, hora de Japón, una bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima. Cien mil civiles - hombres, mujeres, niños - murieron. La ciudad quedó destruida. John Hersey, un periodista noteamericano, narra en su libro Hiroshima lo que pasó ese día, concentrándose en seis hibakushas. Es conveniente saber que para los japoneses, utilizar el término sobrevivientes, es decir resaltar el hecho de estar vivo, podía sugerir una ofensa a los sagrados muertos del holocausto nuclear, motivo por el que preferían utilizar la palabra hibakusha, que literalmente significa "persona afectada por la explosión".
A través de los testimonios de la señora Hatsuyo Nakamura, que al momento de la explosión estaba mirando por la ventana de su cocina a un vecino; del sacerdote alemán Wilhem Kleinsorge, quien leía la revista jesuita Stimen der Zeit (Voces del Tiempo); del doctor Terufumi Sasaki, que caminaba por el corredor de un hospital, llevando una muestra de sangre; del pastor de la Iglesia Metodista Kiyoshi Tamamoto, que descargaba una carretilla frente a la casa de un hombre rico; y del doctor Masakazu Fujii, que cruzaba las piernas, listo para dar la primera ojeada a su periódico, Hersey nos entrega un retrato sobrio y sin embargo tremendamente conmovedor de la tragedia.
Publicada en la revista The New Yorker un año después del suceso, la crónica nos muestra todo el horror imaginable (La señora Nakamura estaba de pie, mirando a su vecino, cuando todo brilló con el blanco más blanco que jamás hubiera visto. No se dio cuenta de lo ocurrido a su vecino, los reflejos de madre le dirigieron hacia sus hijos. Había dado un paso - la casa estaba a 1,234 metros del centro de la explosión - cuando algo la levantó y la envió en volandas al cuarto vecino, sobre la plataforma de dormir, seguida de partes de su casa. Trozos de madera le llovieron encima cuando cayó al piso, y una lluvia de tejas la aporreó; todo se volvió oscuro, porque había quedado sepultada. Los escombros no la enterraron profundamente. Se levantó y logró liberarse. Escuchó a un niño que gritaba: "¡Mamá, ayúdame!", y vio a Myeko, la menor - tenía cinco años - enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse.) y aún el inimaginable (Regresando con el agua se perdió en un desvío alrededor de un tronco caído, y al buscar el camino entre los árboles escuchó una voz que venía desde los arbustos y le preguntaba: "¿Tiene algo de beber?". El padre Kleinsorge vio un uniforme. Pensando que se trataba de solamente un soldado, se acercó con el agua. Cuando entró en los arbustos se dio cuenta de que había unos veinte hombres, todos en el mismo estado de pesadilla: sus caras completamente quemadas, las cuencas de sus ojos huecas, y el fluido de sus ojos derretidos resbalando por sus mejillas. Debieron estar mirando hacia arriba cuando estalló la bomba, tal vez fueran personal antiaéreo.)
Difícil, muy difícil concebir peor barbarie. Uno se pregunta cómo individuos de la misma especie capaz de pintar Almuerzo sobre la hierba o de escribir Guerra y Paz pueden cometer atrocidades así. Pareciera, pues que la civilización es sólo un barniz, y que debajo se encuentra el salvaje agazapado, listo para perpetrar una matanza que nos avergüenza a todos de nuestra condición. No obstante, la crónica de Hersey es esperanzadora y quizá en esto se encuentre su mayor valor.
lunes, 20 de julio de 2009
Niños y niñas
- ¡A mí, pásamela a mí - grita Santiaguito, mientras ve transitar la pelota de un lado a otro. Nadie se la pasará, hasta que llegue a los pies de Darío o a los míos, que somos los únicos capaces de conmovernos con sus lamentos. Los pases que le damos tienen que ser precisos, ni muy fuertes, para que pueda responderlos, ni muy lentos, para que los otros niños no puedan interceptarlos. Hemos terminado de almorzar y nos hemos trasladado al malecón, en Chorrillos. Además de Santiago, piedrón, ingenioso, parecido a su madre, están Illary - muero por esa niña - con su cara de luna y sus rizos de muñeca antigua; Esteban, insuperable en skate, con su camiseta del Bayern Münich encima; María, insufriblemente coqueta, martirizándome siempre con su negativa a darme un beso; Ramiro, flaco, cabezón, noble y candoroso, a despecho de sus doce años que se asoman a la adolescencia; Diego, con su timidez, sus anteojos y sus pelos trinchudos, y Jerónimo, condenado a ver el juego desde los brazos de Paola, porque recién cumplió un año, no hace ni un mes. Gonzalo, Rafael, Jaime y Carol, tampoco juegan con nosotros. Prefieren mirar el mar. Namasté y Vida acaban de irse. Me quedo, pues, con uno de los tres hijos que hoy almorzaron conmigo. Darío y yo somos futboleros, siempre lo fuimos. Desde chiquito lo llevaba al estadio. A la cancha, porque yo era periodista y, a la vez que hacía mi trabajo, le daba a mi hijo una vida envidiable, gracias al fútbol. Darío era el engreído de los y sobre todo de las reporteras gráficas, que lo retrataron con las estrellas de los 90. Recuerdo particularmente dos fotos: una con el gran Rivelino, en la que - no pude resistir la tentación - salgo yo también, y otra con el granítico Chumpitaz. El gran capitán y Darío, nadie más. Cuántos recuerdos en José Díaz, cuánto tiempo que no vamos, hijo querido. Nunca olvidaré una vez que, poco antes de comience el partido entre Alianza Lima y Sport Boys, el árbitro - creo que era Erasmo Mondoñedo - se acercó a Darío, que estaba al borde de la cancha conmigo, y le preguntó quién quería que ganase. Darío, naturalmente, dijo que el Boys. En el segundo tiempo se armó un lío y el equipo completo de Alianza se retiró de la cancha, ante el asombro de un estadio lleno. Pues bien, Darío nunca ha podido quitarse de la cabeza que el árbitro expulsó a los de Alianza para complacerlo.
Por eso, porque amamos el fútbol, porque hay que ser agradecido - así me enseñaron y así le enseñé - le metimos a esa pichanguita con los chicos. Lo de pichanguita es una exageración, porque no sólo había que cuidar que la pelota le llegue a Santiaguito, sino que - estábamos en la pista - había que vigilar el paso de los autos.
Eso de cuidar a los niños, e incluso eso de los niños, es un invento del siglo XVIII. Antes de eso, no eran otra cosa que adultos de pequeño tamaño, sin experiencia, ni conocimientos, ni tampoco dominio de sí mismos. La magia y la fantasía infantiles no eran tomadas en cuenta. No se hacía la menor distinción entre el mundo de los niños y el mundo de los adultos. Los juegos eran los mismos para todos y no se protegía la inocencia infantil de las diversiones o los chistes obscenos.
Fue Jean -Jacques Rousseau quien, queriéndolo o no, cambió esta manera de ver las cosas. A partir de la lectura de Emilio, las madres empiezan a dar de lactar a sus hijos (vuelven a hacerlo, en realidad) y se desarrolla la pedagogía. Más que eso todavía, la literatura descubre el mundo infantil como tema poético. Peter Pan será el pionero del nuevo ideal: no crecer. Se considera a los niños - y a las mujeres también, pero esa es otra historia - seres tan delicados, que hay que protegerlos de las groserías y, por supuesto, de cualquier alusión sexual.
Naturalmente, ninguna de esas reflexiones le interesaban a los chicos y a las chicas que jugaban con nosotros en el malecón. Sus intereses, más concretos, más terrenales, estaban en la pelota, el skate, la carcajada. Tengo para mí que la infancia es, más bien, una conquista de los niños, por la que han luchado durante siglos, muchas veces con ayuda adulta, es verdad. Para comprobar lo bueno de esta sociedad entre grandes y chicos, Santiaguito viene en mi ayuda, precisamente pidiéndole ayuda a su tío Mimí (o sea yo, para burla de las hermanas Harrison) contra "los zondis que vienen a atacarme". Después de unos segundos de vacilación, caigo en cuenta, al ver a María que se acerca a Santiaguito rígida, con los brazos extendidos, murmurando no sé qué cosas de ultratumba, que los zondis son los zombies, así que contraataco, la cargo y la alejo de su víctima.
Y la obligo, bajo severas amenazas, a por fin darme el beso tan negado.
sábado, 18 de julio de 2009
Dialogue avec mon jardinier
Un pintor de cierta fama en París, acabadito de separarse de su mujer, cínico y un poco amargado, se refugia en la casa del campo donde pasó su infancia. Apenas llegado, contrata a un jardinero, que resulta ser un antiguo amigo - olvidado ya - de la escuelita del pueblo. La película no es otra cosa que el encuentro de estos hombres, que ni siquiera tienen nombre. El jardinero llama Dupincel (Delpincel) al pintor, y el pintor Dujardin (Deljardín) al jardinero. Parece poco, pero Daniel Auteil y Jean-Pierre Darroussin, dos pesos pesados del cine francés, nos regalan una película entrañable, en la que cada uno nos transmite emociones de una manera distinta, muy personal, pero con la misma directa sutileza. Hay mucha complicidad entre los dos, lo que sin duda ayuda muchísimo a la relación entre sus personajes. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una película. No tiene ninguna pretensión, es sencilla, para nada retorcida.
La recomiendo calurosamente.
martes, 14 de julio de 2009
Independencia
Una bodega enrejada, porque los choros la tuvieron de punto y una cosa es equivocarse y otra huevearse, ¿no es cierto? Al ladito, plumas con ojos, cincuenta modelos de plomos, un manual de pesca, corchas lenguaderas, cangrejeras, tanques, aletas y mucho más, todo certificado por una vida de experiencia, según anuncia el tío Moncloa en su tienda "Pesca Club", donde nunca hay clientes, pero sí amigos buscando buena conversación, con su traguito más. Junto a la tienda del tío, en la pared, un grafitti enorme: "Te amo, mi amor". Un borracho insensible orina justo abajo del mensaje y cuando paso yo, me dice que no se me ocurra decirle nada. Obediente, no le digo nada, pero igual me menta la madre y me amenaza con romperme la cara. Sigo mi camino, pensando en el que escribió eso en la pared. ¿Seguirá igual de alucinado o estará buscando una brocha para borrar su pública declaración? El borracho sigue gritando y yo, para no tentarme y responderle, me distraigo con un discreto portón. Es Miami, como elegantemente le decimos a la clínica esa, sólo para locos con billete.
- ¿Has visto a Fulano? Hace tiempo que no sé de él.
- Está en Miami.
- ¿El verídico?
- No seas cojudo, pues.
Y uno ya sabe que Fulano va a aparecer dentro de un tiempo, con cara de idiota, porque quemó cerebro a punta de meterse tanta cosa y que en Miami no hay Jack Nicholson que valga. Cruzo, pues, la pista, no vaya a ser que a alguien se le ocurra creer que me he escapado, y doy justo con la renovadora. En el mostrador, varios pares de tabas recién lustradas, con las puntas dobladas hacia arriba, esperan a sus dueños. Algunos las recogerán más tarde, otros mañana y otros caminarán descalzos unos días, porque están misios. Hay de todo, sí señor. Alcanzo a ver de reojo, un poco más atrás, la casa de don Juan, el patriarca de la cálida y hospitalaria familia Casusol. De reojo, digo, porque ya estoy sobre la panadería, la que también vende frutas, porque hay otra, a la vuelta de la esquina, que vende yuquitas fritas, porciones de tortas que nunca han sido enteras y exhibe - no sé por qué - cebiches y hamburguesas de plástico. Junto a la renovadora, la bodega de la señora Olga, que acostumbraba a publicar cada año su lista de morosos. Había uno que aparecía siempre - por Dios que no soy yo -, hasta que tachó su nombre: "se asó y pagó", escribió junto al tachón. Frente a Olga, un edificio nuevo, una colmena, un hormiguero que ha "dinamizado la economía" de la cuadra, según dirían Adam Smith, John Maynard Keynes o cualquiera de esos que se las saben todas sobre el mercado, la oferta y la demanda. A mí no me gusta el edificio, no se parece en nada a las quintas profundísimas que han echado abajo para construirlo, pero a nadie le importa lo que a mí me gusta, y mucho menos consultarme para la demolición. ¡Faltaba más! Unos pasos más allá de Olga, la joya de la corona: Denisse, el minimarket. Abarrotes, frutas, verduras, menestras, carne, trago, helados, pollos a la brasa, pan con chicharrón y café para llevar. Nadie, absolutamente nadie, podría adivinar que todo comenzó con una carretilla, ahí, en la pista, frente a donde ahora hay una farmacia que también es agente de Interbank, pero pura bamba, nomás, porque su aparato nunca lee las tarjetas, así que no puedes sacar ni medio y a caminar hasta el cajero que hay en la Plaza. Junto a la farmacia, la peluquería Sharon, donde hacen "laceado japonés", que no tengo ni la más pálida idea de lo que es, pero sospecho que debería escribirse "laciado japonés", porque el pelo es lacio, no laceo. La cosa es que doblando la esquina, hay una carnicería en la que también venden anticuchos, pero, sobre todo, es el lugar donde todo el mundo se empuja unas chelas, sea parado, sea sentado en las sillas amarillas, de plástico, que por ahí están repartidas. Ese es el lugar de los desayunos alemanes, porque desde las siete y media de la mañana hay parroquianos entonándose, para lo que el maldito día depare. Si avanzas hacia la otra esquina, pasas junto a un laberinto de tienduchas, una galería raquítica, donde venden una ropa horrible, láminas Huascarán, piñatas de cuatro soles y uno que otro adefesio más. Nunca he entrado ahí, pero sí a la farmacia del costado, donde te venden hasta heroína sin receta. ¡Cuántas noches sin dormir me ha ahorrado el farmacéutico con su desprecio hacia las normas de la DIGEMID!
Ese es mi barrio, el lugar donde cada mañana compro las naranjas para el jugo, donde compro un café tan caliente - y nada malo - que cuando llego a mi casa sigue quemando. A caballo entre Chorrilos y Barranco, nunca lo han visitado las chibolas y chibolos que desde el jueves la pegan de cualquier cosa en el Juano. Ellos no tienen nada qué hacer en la calle Independencia. Nada se les ha perdido por ahí.
viernes, 10 de julio de 2009
Que la calle no se calle
Una voz infantil me lleva a la ventana. Una niña - tres años, quizá cuatro - juega a la pelota con dos jóvenes mujeres. Una es su mama, sin acento, como se decía antes, su nana, como creo que dicen ahora. La otra, sospecho, trabaja en lo mismo, pero en una casa vecina. "Me voy a orinar de la risa, nomás", dice la nana, cuando la pelota hace sonar la alarma de un auto. La frase me hace sonreír, y desencadena en la niña una risa imparable. Es el sonido más hermoso del mundo.
Poco después, otro sonido. Es grave, pesado. Evoca aprensión. Es el ruido de la pelota que cae sobre el techo de un auto. El sonido se hunde en la lata y después se libera en una explosión. Cualquiera que ha jugado pelota en la pista - "¡Carro, carro, aguanta, no sigas, para la bola, cuñau!" - sabe qué significa ese ruido. Desata la misma sensación de alarma que otro sonido distinto, agudo, chillón: el de la pelota que se se estrella contra una ventana y rompe los vidrios. Y yo, que he jugado harto en la calle, imagino en este preciso instante a la Poto Loco saliendo furiosa de su casa, con la pelota en la mano, a mí y a mis patas corriendo en distintas direcciones, a Yanamango trepándose a un árbol, al pavazo que siempre se quedaba a pagar los platos - para el caso, vidrios- rotos.
En memoria de esos días, en recuerdo de Constantino y de Cecilia, que se fueron cuando todavía nos quedaban muchos vidrios por romper, algo que algún día escribí.
Era la época de Isabel Sarli y Libertad Leblanc. Del cine Buenos Aires en los Barrios Altos, del Mundo en La Victoria y de la cazuela del Orrantia. Época de comprar entradas con voz ronca y de entrar al cine mirando de frente a los ojos del administrador -bendita ingenuidad - para que pensara que teníamos veintiuno. De amanecerse en el Estadio para ver jugar al Santos, al Botafogo y a Lev Yashin, el mejor arquero del mundo. Bergman y Pelé mezclados, temporada internacional y fútbol callejero en el Olivar de San Isidro. Las dudas no existían, el futuro era futuro y las convicciones eran sólidas: Batman y Robin eran rosquetes, la política una cojudez sin nombre y el matrimonio inexcusable. Era también la época de Chanchín, un loco, un borracho, que solía dirigir el tránsito cerca de la Iglesia de la Virgen del Pilar, con su saco a rayas negras y amarillas, como la camiseta de Peñarol, su pito estridente, al que nadie hacía caso, y su pastosa voz de ronero, con la que escandalizaba hasta la raíz del pelo a las buenas tías que - en estado de gracia - salían de misa los domingos. En ocasiones, cuando una pared inexpugnable o la ira de un vecino daban por concluido algún partido, vagábamos por ahí, molestando a señoras y señoritas o jugando camote con la gorra de algún heladero, hasta que por casualidad, tropezábamos con el loco. Siempre atento al peligro, Chanchín no esperaba invitación para poner pies en polvorosa, pero su vacilante marcha y, tal vez, su necesidad de tener interlocutores - al fin y al cabo nosotros le dábamos bola - permitían que a los pocos metros lo alcanzáramos y rodeándolo, le exigiéramos un discurso. Recuerdo particularmente una mañana en que lo acosamos sin piedad. Presionado, Chanchín disertó largamente sobre la vida, el mundo, y los deberes ciudadanos. Impregnados de olor a ron de quemar, los nombres del general Odría y del arquitecto Belaunde se confundían con el Corazón de Jesús y con todas las mujeres que, sin excepción, lo habían traicionado, provocándonos carcajadas y alaridos escandalosos, que los transeúntes reprobaban al pasar. Al rato el loco se cansó y pidió cortésmente permiso para retirarse, sin considerar que nosotros no estábamos todavía satisfechos. Amenazando y maldiciendo, retrocedía, mientras nosotros lo animábamos a quedarse y continuar.
Ese necio tira y afloja se convirtió de pronto en una loca carrera que no terminó hasta que Chanchín se detuvo frente a un portón, que empezó golpear furiosamente. Al punto, la puerta se abrió y salieron dos o tres hombres en bividí, sudorosos coléricos. Atrás de ellos una señora gorda los conminaba, a gritos, a defender a su marido. Nos quedamos sorprendidos, alelados. Algo no encajaba en nuestros esquemas. No podía ser: Chanchín tenía mujer e hijos, era un ser humano. No sé si para todos fue lo mismo, pero yo quedé impactado. Y quizá todavía seguiría ahí parado, mirando la escena con una profunda expresión de idiota, de no haber sido porque una piedra, con 0tra clase de impacto, algo menos metafísico, me hizo recordar que tenía un par de piernas y que podía utilizarlas para desaparecer de ahí a una velocidad cercana a la de la luz. Ha pasado ahora el tiempo y me acuerdo todavía. Jamás he vuelto a molestar, así, a nadie. Algo cambió desde ese día. Ha pasado el tiempo, y en tardes como ésta, cuando el sol me quema la coronilla y compruebo que la calle es sólo la calle y no un lugar donde se vivía, termino preguntándome, ¿Dónde está Chanchín, dónde sus hijos? ¿Dónde está Rodrigo, el boliviano con su perro, que una noche me mordió la pierna y no la soltó por horas? ¿Y la laguna, los botes, el guardián? Las papas sancochadas con ají, el cebiche de pejerrey, ¿dónde se han metido? ¿Y Pepe Jamonada, echado en su cajón, con algodones en la nariz y yo sin poder entrar al velorio, porque tenía puesta una camisa roja? ¿Conservará la Poto Loco todas las pelotas que nos confiscó? ¿Habrá repuesto los vidrios de su casa? ¿Dónde está el negro Tito, que se metió de raya, pobre de él? ¿Y Nelson, el cholo Ponce, Colilla Esparza, Yanamango, dónde están? ¿El cardíaco Joselo, habrá muerto por fin? ¿Dónde están La Pinta, Cura Muñecas, Guanahaní? ¿Y el cretino de Conquistadores, seguirá advirtiendo todos los días que él solo amenaza una vez?
Ese necio tira y afloja se convirtió de pronto en una loca carrera que no terminó hasta que Chanchín se detuvo frente a un portón, que empezó golpear furiosamente. Al punto, la puerta se abrió y salieron dos o tres hombres en bividí, sudorosos coléricos. Atrás de ellos una señora gorda los conminaba, a gritos, a defender a su marido. Nos quedamos sorprendidos, alelados. Algo no encajaba en nuestros esquemas. No podía ser: Chanchín tenía mujer e hijos, era un ser humano. No sé si para todos fue lo mismo, pero yo quedé impactado. Y quizá todavía seguiría ahí parado, mirando la escena con una profunda expresión de idiota, de no haber sido porque una piedra, con 0tra clase de impacto, algo menos metafísico, me hizo recordar que tenía un par de piernas y que podía utilizarlas para desaparecer de ahí a una velocidad cercana a la de la luz. Ha pasado ahora el tiempo y me acuerdo todavía. Jamás he vuelto a molestar, así, a nadie. Algo cambió desde ese día. Ha pasado el tiempo, y en tardes como ésta, cuando el sol me quema la coronilla y compruebo que la calle es sólo la calle y no un lugar donde se vivía, termino preguntándome, ¿Dónde está Chanchín, dónde sus hijos? ¿Dónde está Rodrigo, el boliviano con su perro, que una noche me mordió la pierna y no la soltó por horas? ¿Y la laguna, los botes, el guardián? Las papas sancochadas con ají, el cebiche de pejerrey, ¿dónde se han metido? ¿Y Pepe Jamonada, echado en su cajón, con algodones en la nariz y yo sin poder entrar al velorio, porque tenía puesta una camisa roja? ¿Conservará la Poto Loco todas las pelotas que nos confiscó? ¿Habrá repuesto los vidrios de su casa? ¿Dónde está el negro Tito, que se metió de raya, pobre de él? ¿Y Nelson, el cholo Ponce, Colilla Esparza, Yanamango, dónde están? ¿El cardíaco Joselo, habrá muerto por fin? ¿Dónde están La Pinta, Cura Muñecas, Guanahaní? ¿Y el cretino de Conquistadores, seguirá advirtiendo todos los días que él solo amenaza una vez?
Y por último, te pregunto, hermano querido, ¿por qué te llevaste a Cecilia?
Darío, Marina
La infancia es la patria del hombre.
Rainer María Rilke
Darío
- Apúrate - me dijo el chino Romaña, al tanto que abría la puerta de la sala de partos.
Yo me apuré y lo seguí.
- Cámbiate rápido, porque está por nacer - me ordenó.
Lo obedecí, apurándome con tanto esmero, que metí las dos piernas en la misma pernera del pantalón verde esterilizado. No tuve tiempo de corregir el error, por que Romaña prácticamente me llevó de la oreja. Yo lo seguía, dando saltitos ridículos, hasta que finalmente pude vestirme como lo hace la gente. Recién en ese momento cobré conciencia, pude ver bien dónde estaba. Las enfermeras - tres o cuatro - preparaban todo, para lo que - así me pareció - era inminente.
De pronto, un gemido dio la señal de partida en la sala. Comenzaron la agitación, los correteos. Una enfermera puso la incubadora al costado de la cama.
- ¡Vamos, vamos, ya viene! - gritó el Chino Romaña.
Yo miré hacia el único sitio donde debía mirar. Una cabecita húmeda se asomaba apenas. Mi corazón, mil latidos por minuto. Apareció su cabeza, vi sus ojos cerrados, su nariz achatada, su boca en una mueca. No lo podía creer. Después, casi como alguien que se lanza a una piscina, cayó en los brazos del Chino Romaña. Lo miré, temblando. Jamás había sentido una sensación parecida. No puedo describirla, no tiene comparación con nada que haya vivido. Después miré el reloj de pared. Eran las doce y veinte del día. Hace exactamente 25 años.
Marina
Cuando llegó a la casa era tan chiquita, que dormía en un cajón de la cómoda. Yo no me cansaba de mirarla, me reía de sus pelos trinchudos, de los ruiditos que hacía. De alguna manera, ella me hablaba. No sé cómo, no sé por qué, nos extendimos los brazos y nos convertimos en un padre y su hija. Yo puedo dar fe de que los lazos del corazón son tan fuertes como los lazos de sangre. O será, tal vez, que Marina - nadie más terca que ella - se obstinó en ocupar el lugar más alto en mis afectos. Recuerdo muy bien cómo se empeñaba en no pisar las rayas de la vereda, cuando caminábamos de la mano y ella no tenía ni siquiera dos años. A veces, yo por apurado, la arrastraba, sin dejarla satisfacer su manía. Ella forcejeaba para soltarse de mí. Cuando lo conseguía, regresaba corriendo al punto de partida y volvía a recorrer el camino, de la manera que ella quería. Eso será, digo. Qué caminos habrá desandado, para encontrarse conmigo. Feliz cumpleaños, hijita de mi alma.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)