martes, 23 de mayo de 2017


ALGODÓN

Santiaguito era un niño peruano que nunca estaba conforme con nada. En el colegio, cuando daba un buen examen, se enojaba porque algún compañero lo había dado mejor y si una niña lo miraba con interés, protestaba, diciendo que al del costado lo había mirado una más bonita. Cuando metía un gol, porque le gustaba mucho el fútbol, se quejaba de que hubiera podido patear más fuerte, o de que la jugada podría haber sido más bonita. No se contentaba con nada.



Cuando cumplió once años, sus padres le regalaron una bicicleta y ¿qué creen?, en lugar de agradecerles y correr a montarla, como cualquier otro chico haría, se quejó de que el vecino tenía una montañera mejor, con más luces y no sé qué otras cosas. Su papá y su mamá se preocuparon mucho, porque aunque era cierto que Santiago era un buen chico, con ese defecto difícilmente podía ser feliz. ¿Cómo iba a serlo, si a cada momento encontraba un pretexto para renegar y lamentarse? Esa noche, cuando Santiaguito se acostó, hablaron mucho sobre el tema. Finalmente, acordaron que, si sacaba buenas notas, el papá lo llevaría a Nueva York, aprovechando un viaje de negocios que debía hacer durante las vacaciones escolares de Santiago. De esa manera, pensaban ellos, su hijo iba a darse cuenta de que no le faltaban ocasiones para disfrutar y así terminaría de una vez por todas con la  desagradable costumbre que tenía.



Al escuchar la noticia, Santiaguito estuvo a punto de decir que no era justo, que a su primo lo habían llevado a Disney World y por qué a él solo a Nueva York, pero, por más envidiosillo que fuera, no tenía un pelo de tonto, así que cerró bien la boca y desde ese día se puso a estudiar día y noche, para ganarse el viaje. Y se lo ganó. Papá e hijo partieron y tuvieron un viaje muy agradable. Santiago sólo se quejó del jugo de naranja, por que su vaso tenía menos que el de su papá, y del avión, que le pareció más pequeño que el que vio aterrizar cuando estaba esperando para subir al suyo. Apenas pisaron el aeropuerto Kennedy, en Nueva York, el niño empezó a transformarse. Estaba con la boca abierta, mirando las larguísimas terminales, las luces, las tiendas, la gran cantidad de gente caminando de aquí para allá y muchas otras cosas que ni siquiera había imaginado. Del hotel, no se diga nada. Se quedó como un bobo, con los ojos clavados en el altísimo edificio y sólo cuando su papá lo jaló del brazo atinó a entrar. En la habitación, todo era lujo y elegancia, todo una maravilla, algo nunca visto. Tan contento estaba, con cuánta admiración se refería hasta a los más mínimos detalles, que su papá llegó a creer que se había curado. Pero no podía ser verdad tanta belleza:



-        Papá, ¿por qué en el Perú no tenemos hoteles como este? ¿Y el aeropuerto? ¿Te fijaste? No es justo, el nuestro parece de juguete, comparado con el de aquí – dijo Santiago, con una expresión tan agria, que parecía estar tomando vinagre directamente de la botella.



-        En el Perú tenemos cosas muy lindas, Santiago – contestó el papá, tratando de dominar su decepción -, fíjate, por ejemplo, en...



Pero Santiaguito no lo dejó terminar. Siguió quejándose de esto y de lo otro, hasta hartar a su padre.



-        Mira – le dijo –, tú y yo vamos a tener una conversación muy seria cuando regrese de una reunión. Espérame y no salgas a de la habitación hasta que llegue. ¿Entendido?



-        Sí, papá, como tu digas – contestó el niño y se fue a mirar por la ventana.



Cuando el padre se marchó, unas ideas muy atrevidas cruzaron por la cabeza de Santiago. ¿Por qué se iba a quedar encerrado en el hotel, si los amigos suyos que habían viajado salían todo el día a pasear y a conocer sitios bonitos? No, de ninguna manera, ¿acaso él era un niñito? ¡No! Ya tenía once años y podía hacer lo que le diese la gana. Saldría un par de horas y estaría a tiempo en el hotel para el regreso de su papá. Nunca se iba a dar cuenta. Cinco minutos después, ya estaba en la calle, mirando los rascacielos, las grandes avenidas, los autos que pasaban veloces por las gigantescas autopistas y, cómo no, quejándose, lamentándose y volviendo a quejarse de que en el Perú todo era una porquería. Caminó, pues, sin rumbo fijo, alejándose cada vez más del hotel, hasta que se perdió. Más furioso que asustado, le dio una tremenda patada a una lata que estaba tranquila en la vereda, sin meterse con nadie.



-        Todo el mundo tiene un plano para no perderse, menos yo, claro – dijo en voz alta, y se dispuso a meterle otro puntapié a la lata, para mandarla a volar más lejos, cuando notó que de adentro salía humo de un color muy extraño. Curioso, se acercó a la lata y pegó un salto cuando de ella salió un extraño hombre, con un turbante y la barba muy, muy larga.



-        Gracias – dijo el extraño hombre, estirándose, como si despertara de un largo sueño -, esta lata no era de mi talla, estaba muy incómodo.



-        ¡Un genio! – exclamó Santiago, asombrado -.



-        ¿Eugenio? No. Me llamo Alí Al - Rashid. Soy un genio, una hechicera me encerró hace años – respondió el hombre de la lata.



-        ¡Lo sabía! – se apuró a renegar Santiago –. Entre todos los genios, me tenía que tocar uno sordo. ¿Por qué no le pasó a Aladino? ¿Por qué a mí? No es justo.



El genio le explicó que no era sordo, después de tantos años sin escuchar una voz humana, tenía que acostumbrarse, le dijo, pero no lo convenció. Santiago ya estaba tomado por su pesimismo de siempre.



-Seguramente también te has olvidado de cómo se hace para cumplir los deseos de los que te liberan. Te apuesto lo que quieras a que has perdido tus poderes. De todos los niños del mundo, el único que se encuentra a un genio, soy yo, y ¿para qué? ¡Para nada!



-        Te equivocas – le dijo el genio -, ni me he olvidado, ni he perdido mis poderes –.



-        ¡Entonces escucha mis deseos! – gritó el niño, pero su entusiasmo le duró muy poco –. Ah... ahora me vas a decir que ya no es como antes, que ya no son tres deseos, sino uno solamente. Más que fijo que acaban de inaugurar ese método, justo cuando es mi turno, ¿no?



-        No, Santiago. Como verás, conozco tu nombre sin que me lo hayas dicho, así que mis poderes están intactos. Lo que pasa es que ya no cumplimos deseos, en eso tienes razón, hemos cambiado de método.



-        ¡Ahí está! ¿Ya ves? ¡Métete a tu lata, inútil! – le ordenó Santiago, de muy mal humor.



-        Si quieres, encantado. Ya me estás resultando un poco pesado, tú. A ver, sólo por divertirnos... ¿qué deseos pedirías? – le preguntó el genio.



-        En primer lugar – le respondió, sin pensarlo dos veces – pediría que mi país sea como este, que sea moderno, que tenga rascacielos más altos que los acá, con hoteles lujosos y...



El genio lo interrumpió, haciendo un gesto con la mano. Lo miró fijamente y movió la cabeza varias veces, con expresión de fastidio.



-        Un quejumbroso... ¡eso sí se llama mala suerte! Siglos de siglos encerrado y cuando por fin salgo, me encuentro con uno que no está contento con nada... tú eres peruano, ¿no es cierto? – le dijo.



-        Sí. ¿Por eso no quieres concederme mis deseos? – preguntó Santiago.



-        No seas necio, muchacho, más bien me llama la atención que, siendo del Perú, te quejes tanto – respondió el genio, con cierta tristeza.



-        ¿Por qué? ¿Qué tenemos en el Perú que pueda compararse con esto? - preguntó el niño, señalando las calles, los autos, los edificios, la gente y todas las cosas que lo habían impresionado.



-        En este momento vas a saber por qué – le respondió el genio, irritado, y a continuación movió ambos brazos en círculo. - ¡Chazam! – exclamó con voz cavernosa.



Santiago estaba listo para burlarse, cuando empezó a sentir un ariecillo frío que le puso la carne de gallina. Sin dejar de mirar al genio, cruzó los brazos, como para protegerse del viento y en ese momento se dio cuenta de que... ¡estaba desnudo! Para ser exactos, digamos que no lo estaba completamente, porque conservaba los zapatos y la correa, que le bailó unos segundos en la cintura y luego se deslizó hasta detenerse en el suelo. Asustado y muerto de vergüenza, corrió a esconderse tras un tacho de basura y, oculto tras él, pudo ver un espectáculo insólito en la calle. La gente corría de un lado a otro, buscando dónde esconderse. Los conductores de los automóviles frenaban bruscamente, las sirenas de los patrulleros ululaban sin ton ni son y los policías trataban de poner orden hasta que se percataban que también estaban desnudos, como todos los demás, y se sumaban al caos, haciendo sonar sus silbatos como si fueran árbitros de fútbol que se hubieran vuelto locos. Todos tenían, como Santiago, los zapatos puestos y algunos se tropezaban con sus correas, rodando por el suelo. Sólo los niños pequeños estaban como si nada, gozando de lo lindo con el loquerío.



-        ¿Qué has hecho? – preguntó Santiago, escandalizado, mientras, con una mano atrás y otra adelante, se cubría como podía -. ¿Qué has hecho?



-        Nada – contestó el genio, doblándose de la risa -. Estoy dándote una lección.



-        ¿Qué clase de lección es esa? ¿Te parece bonito desnudar a la gente? ¿Qué voy a aprender con todo esto?



-        Vas a aprender a no quejarte de las maravillas que tienes, Santiago. Lo único que he hecho es desaparecer un regalo que el Perú le dio al mundo, una cosa que, gracias a los antiguos peruanos, permite que la gente pueda usar medias, calzones, calzoncillos, pantalones y camisas – dijo el genio.



Santiago, colorado como un tomate, no salía de su asombro.



-        ¿Qué tiene que ver el Perú? ¿De qué estás hablando?



-        ¡Del algodón! – contestó triunfalmente el genio - ¿No sabías que el       algodón es originario del Perú, y que fueron los antiguos peruanos quienes lo domesticaron y aprendieron a hacer hermosas telas, mucho más bonitas que la ropa que tenías puesta? Entonces tampoco sabes que la fibra de algodón Pima es una de las más finas del mundo, y es peruana, también.



-        No sabía – confesó Santiago, ruborizándose más, todavía, hasta que su cara tomó el aspecto de un farol.



-        ¡Chazam! – Repitió el genio, y todo volvió a la normalidad.



Santiago se palpó varias veces el cuerpo y se tocó la ropa apretándola muy fuerte, no vaya a ser que sus ojos lo engañaran. Una vez convencido, salió de su escondite. Su mirada ya no era altanera y sus modales habían mejorado mucho.



-        Señor  - dijo con humildad –, quiero regresar al hotel... no sé dónde está,  estoy perdido.



-        Ese deseo te lo puedo conceder, Santiago. Cierra los ojos – le dijo el        genio, también muy amablemente.



Cuando el papá regresó al hotel, encontró a su hijo durmiendo. Lo movió con delicadeza, hasta despertarlo.



-        ¡Papá! – se emocionó Santiago – ¡No sabes lo que me ha pasado!



-        Sí sé – dijo el papá -. Te aburriste de esperarme y te quedaste dormido.



-        No, papá. La verdad es que te desobedecí y salí a la calle. Caminé un montón y me perdí... entonces, pateé una lata y...



El papá le acarició la cabeza y sonrió.



-        No me vengas con cuentos, ya sospechaba yo que no ibas a hacerme caso, así que dejé encargado en la recepción que no te dejen salir solo. Antes de subir pregunté por ti y me dijeron que no te moviste de la habitación.



-        ¿Entonces cómo sé que el algodón es originario del Perú? A ver, dime, pues – le dijo Santiago, incorporándose de un salto.



-        Porque te lo han enseñado en el colegio, o quizá lo has leído en un libro  y has soñado con eso – contestó tranquilamente el papá.



Santiago se quedó callado, pensando que era inútil discutir y bastante confundido. Pasaron los días y disfrutó mucho de Nueva York, apreciando lo que tenía que apreciar, sin hacer odiosas comparaciones. Durante el vuelo de regreso, cuando el avión estaba por aterrizar, pudo ver por la ventanilla los extensos campos de algodón de la costa peruana, y se emocionó mucho.



-        El Perú es muy hermoso, papá – exclamó -. Nunca más voy a quejarme por gusto.



Y cumplió su promesa.


lunes, 15 de febrero de 2010

Lunahuaná

Mi caballo se llamaba Cutato. El de Genca, Cenizo. Cutato era un alazán manso y amable. Cenizo, un tordillo un poco arisco, pero sólo un poco. Salíamos por la mañana, cuando el sol empezaba a convertir las gotas de rocío en un velo de vapor que distorsionaba el horizonte, regalándonos espejismos harto divertidos. Mi mamá nos despedía desde la puerta de la casa, en medio de recomendaciones que Blanca, la muda que nos acompañaba, respondía con movimientos de cabeza y sonidos guturales que no entendía nadie. Gloria también venía con nosotros. Era la hija de Juana, esposa de Paulino, el capataz. Y también un burro anónimo, resignado y silencioso, que después regresaría cargado de leña para el almuerzo de la peonada. Blanca y Gloria iban a pie. Gloria corría de un lado a otro, para chapar alguna mariquita o para perseguir a un grillo que saltaba en arcos invisibles cuando los cascos de los caballos alborotaban la hierba del camino.
Un poco más allá, pasábamos junto a Bernabé. Al vernos, clavaba la lampa en el suelo, se quitaba el maltrecho sombrero de paja que lo protegía del sol, se enjugaba la frente, y nos saludaba con un alegre movimiento de la mano. Bernabé era mi amigo. Me hacía hondas con el caucho de las llantas desechadas del tractor y con horquillas de huarango. Las tallaba los sábados por la mañana, mientras esperaba que le llegue el turno para recibir su pago semanal. Cuando mi papá - con ese tono solemne que me daba miedo - lo llamaba por su nombre y apellido, Bernabé se acercaba abriéndose paso entre los demás peones y cobraba su salario. Yo lo seguía con la mirada. Ya sabía que tenía una honda reluciente, lista para mí.
A veces nos cruzábamos con el camión cargado de algodón o de tomates. La bocina, otro gesto alegre con la mano, un leve respingo de las bestias. O bajábamos por la quebrada, hasta el río, para que los caballos tomen agua en los charcos que se formaban en el pastizal. Casi siempre íbamos al campo abierto, donde no había cultivos. Correteábamos, recogíamos hojas de formas caprichosas y mataperréabamos hasta quedar colorados por la risa y por el sol.
De regreso, mi mamá nos esperaba con el almuerzo listo. Podían ser tallarines con camarones - abundaban en el río -, pejerrey de río arrebosado o, tal vez, una sopa chola, con su buena presa de gallina, fideos gruesos, huevo duro, aceituna, y su denso aroma, cargado, ahora lo sé, de intenso amor de madre.
Después de almuerzo llegaban las señoras con las naranjas de la huerta. Sacos y sacos de yute llenos de naranjas que olían como deben oler siempre las naranjas. Genca y yo nos preparábamos entonces para nuestra actividad favorita. Dos señoras cargaban un saco y lo vaciaban sobre una especie de cama de madera con tres fondos y agujeros de tres tamaños distintos. Como un torrente frutal, un sonoro torontontón sobre la madera, que disminuía según el saco se iba vaciando, las naranjas rodaban hasta caer por los huecos que les correspondían y allí, en su sitio, quedaban detenidas. Mi hermana y yo disfrutábamos alborozados del espectáculo. Nos reíamos, apostábamos entre gritos sobre qué naranja dónde y señalábamos, excitados, los ombligos prominentes que lucían algunas de las frutas redondas y doradas.
Después, los tomates. Los pequeños, firmes y alargados, para la ensalada. Los grandes, carnosos, jugosos, para guisos. No recuerdo por qué, llamábamos güichos a los que venían en parejas, amellizados.

- ¡Mira, mamá, un güicho! - gritaba Genca, y el tomate doble era inmediatamente separado para comerlo por la noche, convencidos de que su sabor era especial, fantástico, mágico.

Sí. A comer, a bañarse y a dormir. Antes, de rodillas, le rezábamos a nuestros ángeles de la guarda. El mío, dulce compañero, todavía - es increíble - no me abandona ni de noche ni de día. Genca se fue, temprano. Yo sé que está en esa Lunahuaná que también se fue con ella.

lunes, 1 de febrero de 2010

SE VENDE MARQUÉS


A Isabella d’Este se le paraban los pelos y saltaba hasta el techo cada vez que recibía noticias de las andanzas de su hijo, Federico Gonzaga, marqués de Mantua. Fico era un mujeriego irredento, una verdadera joyita. Encantador como una serpiente, respecto a las damas tenía “una naturaleza viciosa”, según dijo un embajador extranjero que lo conoció en Venecia, cuando el marqués ya había conocido, al revés y al derecho, a su esposa. Desesperada porque a los 29 años su hijo favorito no tenía descendencia, a Isabella se le metió entre ceja y ceja casarlo, para que, como quien dice, parara la mano. Tenía, pues, que conseguirle una esposa, pero, con esa reputación, ¿quién querría ser su mujer? Es aquí cuando entra Tiziano. El pintor se reunió con la marquesa, quien le explicó al detalle el problema. Tiziano entendió perfectamente de qué se trataba el asunto: había que marquetear al marqués, pintándolo como un potencial esposo fiel, guapo, rico y, como si esto fuera poco, cristiano devoto.
Lo primero que hizo el artista fue escoger un formato adecuado y a la vez novedoso. El tres cuartos tiene la virtud de mostrar una verticalidad aristocrática, que resultaba muy conveniente. A continuación, le colgó del pescuezo un rosario de oro y lapislázuli, convirtiéndolo así en un hombre piadoso y rico, porque había que tener buen billete para lucir un rosario como ese. Después de vestirlo con ropa sobria y finísima, que hablaba de su magnífico gusto, Tiziano puso la cereza que coronaba la torta: el perro maltés que lo acompaña. Hasta ese momento, esa raza de can era más propia de los retratos femeninos. Los hombres se hacían retratar con perros de caza que representaban fuerza y potencia, pero como se necesitaba vender fidelidad, Tiziano pintó juntos al marqués y al maltés. Fidelidad, eso simbolizaba el perrito.
Federico estaba comprometido desde muy joven con María Paleologa, pero todo el mundo sabía que a él le gustaba mucho más Isabella Boschetti, la esposa de un conde, con la que se vitrineaba de lo lindo por calles y plazas de Mantua. Cada vez que su mamá le tocaba el tema del matrimonio con María, el buen Fico salía con que ella todavía no había heredado el título, porque su padre se negaba a morir, así que paciencia, porque mientras el tío estuviera vivo, las ricas tierras que poseía no pasarían a ser suyas. A la viejita se le acabó la paciencia cuando un buen día apareció ahogado el conde, el esposo de Isabella Boschetti. Federico dijo “a mí, que me registren, yo no tengo nada que ver”, pero, Mantua entera, comenzando por la pobre María Paleologa, comprendió que la Boschetti jamás iba a desaparecer del mapa. Adiós matrimonio, adiós tierras.
Para suerte de la otra Isabella, la d’Este, es decir la mamá de Federico, la magia de Tiziano comenzó a surtir efecto. Carlos V, rey de España, visitó Mantua, vio el cuadro, y al toque le ofreció la mano de su tía, Julia de Aragón. Junto con la mano venía el título de duque, de modo que Federico atracó. A poco de casarse, Bonifacio, el papá de María, se cayó del caballo y se rompió la crisma. María era por fin la heredera. Federico hizo cuentas y decidió que más le convenía María que Julia y rompió el compromiso. La gracia le costó cincuenta mil ducados, pero con la guita que le iba a tocar, eso era un sencillo.
Y otra vez el diablo metió la cola. Cuando ya estaban repartiendo los partes, María murió. Federico, que era bien vivo, lloró diez minutos y se casó con Margheritta, la hermana menor de María. Tuvo siete hijos y hasta dicen que fue muy feliz. ¿Cómo no iba a serlo?

lunes, 11 de enero de 2010

La leyenda negra del diamante Hope

Jean-Baptiste Tavernier, su primer propietario conocido, describió su color como “un beau violet”, un hermoso violeta. Es del tamaño de una nuez y no es el más grande del mundo, pero ninguno irradia un azul tan profundo e intenso como el diamante Hope. Hoy está en el Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian Institute, en Washington. Gira lentamente dentro de una urna de vidrio, como si quisiera dejar atrás su agitada existencia. Ese azul indescifrable le ha dado mucha fama, pero mucho más su historia de tragedias, vinculada a muchos de los que de una manera u otra tuvieron algo que ver con la joya maldita.
Hasta mediados del siglo pasado, la India había sido la única fuente conocida de diamantes en el mundo, hasta que se descubrieron en Sudáfrica, la sede del mundial de fútbol, donde una vez más no estará el Perú. Los rajás y los maharajás se adornaban con diamantes, como símbolo de poder. Tavernier, el del “beau violet”, tenía debilidad por los diamantes. Tanta, que hizo seis viajes a la India – no en Air India, precisamente, porque faltaba mucho para que los bróders Wright surcaran los aires por primera vez – para agenciarse algunas de estas piedras que tanto le gustaban. No se sabe cómo, probablemente rompiéndole la mano a algún funcionario palaciego, porque allá también se cuecen habas, el francés se apropió del Hope, que, claro, todavía no se llamaba así. Poco después, en 1668, se reunió con Luis XIV en su despacho real del palacio de Versalles y se lo vendió, empujándole de paso otros mil diamantes que tenía bien guardados. De Luis XIV pasó a Luis XV y de él – los franceses sabían contar bien – a Luis XVI y a su esposa, María Antonieta. Los monarcas, ya sabemos, perdieron la cabeza, pero no por el diamante, sino por la guillotina. El año anterior, durante la Revolución Francesa, unos choros se habían colado por las ventanas del Depósito Real y se habían pelado el Hope, además de la mayor parte de las joyas de la corona.
Y no volvió a aparecer hasta 1809, como parte de la colección de Daniel Eliason, un rico comerciante de piedras preciosas, que se negó obstinadamente a revelar cómo llegó a sus manos. Su siguiente propietario fue Jorge IV, el rey inglés, y de ahí pasó a Henry Philip Hope, de quien tomó el nombre. Hope pertenecía a una próspera familia de comerciantes procedentes de Amsterdam. Su nieto, Henry Thomas Hope heredó el diamante y también la afición por las carreras de caballos. Era tan burrero, que a los 27 años ya debía 230 000 libras esterlinas, es decir unos 10 millones de euros actuales. Casi nada. No obstante, Henry conservó el diamante hasta su muerte, a los 54 años. De él pueden decirse muchas cosas, menos que su familia fuera estructurada. Su papá tenía incontrolables ataques de furia, su mamá era chiflada, su hermana adicta al opio y su hermano travesti, lo que hoy es como las huevas, pero en esa época era un rochesazo.
Su nieto, lord Francis Hope, recibió el diamante en 1901 como herencia, pero, por si las moscas, lo vendió al toque a la empresa joyera Joseph Frankel’s Sons & Co. De nada le sirvió. Su esposa, May Yohe, se divorció de él y se casó con otro pata, pero a ella tampoco le sirvió de nada la en otras circunstancias saludable separación. Decidida a mantenerse por sí misma, adquirió una granja en Nueva Inglaterra y la convirtió en la posada Blue Diamond Inn. Craso error bautizar así su negocio. La posada se incendió. Sólo quedaron cenizas. May terminó sus días trapeando pisos.
El millonario turco Selim Habib compró el diamante en 1909, sólo para vendérselo a un joyero parisino. Pero, ni modo, no pudo esquivar la maldición del Hope. Ese mismo año se hundió frente a Singapur el buque en el que viajaba y los tiburones se lo comieron con zapatos y todo. El joyero parisino, al enterarse, lo vendió a los hermanos Cartier. Los Cartier – sapos como ellos solos – corrigieron, aumentaron y difundieron la leyenda de la maldición, sabiendo que así fomentarían el interés de posibles compradores. Ned y Evalyn – no Evelyn – McLean, uno de los matrimonios más ricos de Estados Unidos, cayeron en la trampa y compraron el diamante. Uno de los Cartier lo llevó en persona a América, a bordo del Lusitania. Al año siguiente, el buque fue hundido por un submarino alemán, provocando la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Años después, en 1919, Vinson, uno de los tres hijos de la pareja, murió atropellado. Tenía 9 años. Todo el mundo le aconsejó a Evalyn que tirara el diamante para romper el conjuro, pero ella no hizo caso. Los McLean perdieron su fortuna y sus propiedades, incluido el Washington Post, ni más ni menos. Él murió psicótico y alcohólico. Ella, recontra adeudada. El diamante tuvo que ser vendido para pagar las arrugas que dejó la tía.
En 1949 lo compró Harry Winston, otro ricachón. Después de exhibirlo por todo el mundo, lo donó al Simihsonian Institute. Winston lo envió por correo, en un paquete. Antes, ni cojudo, lo había asegurado en un millón de cocos. No había pasado mucho tiempo desde que el cartero, James Todd, de 34 años, había hecho firmar el cargo por la entrega, cuando un camión lo aplastó. Todd perdió una pierna, su esposa murió de un ataque al corazón y su casa se incendió. Tres al hilo.
Sea como fuere, la gema reposa desde hace 60 años en Washington y hasta el momento no se ha reportado ninguna desgracia. Lo que no entiendo es por qué yo soy tan piña, si nunca he tenido nada que ver con el diamante Hope.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Un recuerdo temprano

Sólo los que saben pueden comprender – con las vísceras, no con el cerebro, con el corazón, no con la cabeza – que cuando uno sube corriendo las sombrías escaleras del Estadio Nacional y llega a las tribunas, se encuentra con uno de los espectáculos más hermosos del mundo. La luz aparece de pronto, deslumbrando, para poner frente a los ojos el verde de la cancha, los vivos colores de las camisetas, la pelota que va de acá para allá, mientras los futbolistas calientan. El rumor sordo de la multitud estalla en un sonido que parece concertado por la expectativa del partido que ya va a comenzar. Es la atmósfera mágica del fútbol, el prólogo de la batalla que se viene, el tirante ambiente previo a la hora señalada.
La primera vez que viví es sensación fue en 1960 o tal vez en 1961. Era un clásico, jugaban Universitario de Deportes y Alianza Lima. Yo, un niño, sabía poco o casi nada (gracias, Nicola di Bari, la frase es tuya) de esos equipos. Me gustaba el fútbol, por supuesto, pero hasta ese momento era diversión, no competencia. Tampoco tenía idea de que iba a conocer a mis propios héroes homéricos, que en vez de atravesarse con lanzas, flechas y espadas, se daban pases, cabreaban, cabeceaban, pateaban al arco y, naturalmente, metían goles en el arco contrario con la misma fuerza y virilidad de los guerreros de la antigüedad. Esa tarde, apenas los equipos salieron a la cancha - no recuerdo cuál primero, cuál después, en esa época la FIFA no obligaba a que salgan juntos -, en ese mismo instante, me hice hincha de la “U”. No puedo explicar por qué. Mi padre era de Alianza. Chenta, que fue la que me llevó esa tarde, también era aliancista. Quizá algún psicoanalista, nunca se sabe, pueda creer que ha descubierto mis motivos más profundos. A mí no me interesa, lo cierto es que desde ese día - y para siempre – soy crema.
Dimas Zegarra estaba en el arco, Jorge y José – los hermanos Fernández, dos leones, sobrinos del gran Lolo – en la defensa. Joe Calderón y la Lora Gutiérrez eran volantes. Ángel Uribe y Alejandro “Pelé” Guzmán”, eran los ágiles, como llamaba la prensa deportiva de entonces a los delanteros. Faltan otros que no recuerdo, por algún motivo esos nombres quedaron grabados en mi memoria. Universitario ganó 1 a 0, con gol de Guzmán. En un contraataque, alguien tiró un pase largo y la pelota quedó dando botes a unos 30 metros del arco. Guzmán la picó con la cabeza, ganándole el vivo a Wantuil de Trinadade, un brasileño grandazo y pesado, back central de Alianza. Lo demás fue pan comido. El nueve crema corrió con la pelota amarrada a los pies, pisó el área con la soltura de los goleadores y cuando Rodolfo Bazán, el buen arquero victoriano, salió a cortarlo, la tocó suavemente por debajo de su cuerpo, y a cobrar.
Desde entonces, el fútbol no volvió a ser lo mismo para mí. Se convirtió en una parte muy importante de mi vida. Cuando la “U” ganaba, yo era el más feliz del mundo. Cuando perdía, yo sufría como nadie. Sus jugadores eran mis ídolos y yo estaba convencido de que tenían una dimensión superior a la humana. No eran mortales como los ingenieros, los médicos, los abogados: eran futbolistas. Sin embargo, nunca fui un fanático. Conforme fui creciendo, la realidad fue imponiéndose. Ahora sé que nuestro fútbol es de tan baja categoría, que parece un deporte distinto al que se juega en otras partes. Ni siquiera es materia opinable que estamos en el sótano de Sudamérica y ganarle a Ecuador o a Venezuela es una hazaña. Tengo pena y también mucha cólera, pero no me vengan con que por eso ya no debo ser hincha de la “U”, que es ridículo emocionarse con los goles de Piero Alva o con las increíbles tapadas de Supermán Fernández, otro de la dinastía. Voy a seguir siéndolo hasta que me muera y eso significa – lo digo por si acaso – que todavía voy a festejar muchos campeonatos más. Ser hincha de Universitario de Deportes no pasa por los resultados. Sin duda, prefiero que gane a que pierda, pero en cualquiera de los casos, la “U” está en mi pecho, porque, como dijo el Puma Carranza, en frase que quedará para la posteridad: la “U” es la “U”.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Ayer no pude hablar con ella

“No pude hablar con ella ayer”. “Ayer no pude hablar con ella”. ¿Significan lo mismo estas dos frases? No, porque la primera comienza por el sujeto (yo, por más tácito que sea) y sigue con el verbo y los complementos. Estoy diciendo únicamente que ayer no pude hablar con ella, sin dar más información. En la segunda, el orden cambia y la circunstancia – ayer – ocupa el primer lugar. Esto le da un valor adicional al adverbio ayer, porque enfatiza que ayer, exactamente ayer, no pude hablar con ella. Estoy informando, de alguna manera, que los demás días si hablaba con ella, pero ayer, precisamente ayer, no pude.
Y ayer fue sábado, que vienen del latín sabbatum, éste del griego sabbaton que viene del hebreo sabbat, que a su vez proviene del acadio sabbatum, que significa descanso. Los nombres de los otros días de la semana vienen del latín y – excepto el domingo, Dominicus dies, día del señor – se refieren a los astros. Iovis dies era para los romanos el día de Júpiter, que es nuestro jueves, así como Veneris dies, el viernes, era el día de Venus y Martis dies el día de Marte. Esos tres días terminan en “s”, mientras que los otros, lunae, mercurii, en otras letras. Sin embargo, como recitar lunae, martis, mercurii, ioves, veneris, ocasionaba ciertas molestias, al asimilarlos a nuestro idioma castellano, le agregamos una “s” a lunae y a mercurri. Por eso decimos ahora “hablamos el lunes” o “¿almorzamos el miércoles?”, en vez de decir “hablamos el lune” o “¿almorzamos el miércole?”, como estrictamente debería decirse.
Sutilezas del lenguaje, pero en todo caso, si ayer no pude hablar con ella fue por causas ajenas a mi voluntad. Que conste.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El peor de todos

Lucy vivió hace entre 3,9 y 3 millones de años. Fue una joven de 1,05 m. de estatura y unos 30 kilos de peso. Aunque - lo mismo que tú y que yo (sobre los choferes de combi y los que dirigen la televisión peruana tengo serias dudas) - pertenecía al género Homo, no era humana. Era, ella no lo sabía, una Australopithecus afarensis. Del estudio de su esqueleto, así como del de los restos de otros ejemplares encontrados, se ha podido establecer una serie de características de los homínidos de esa época, características que nosotros, los Homo sapiens, hemos heredado. La primera, es la condición de bípedos, que está indubitablemente establecida por la anatomía de la cadera y la rodilla, regiones directamente vinculadas con la marcha. Se sabe también que sus piernas eran del mismo tamaño que sus brazos y que sus pulgares tenían la suficiente longitud como para manipular con precisión todo tipo de objetos. Otra característica de la anatomía del Australopithecus tiene mucho interés. Resulta que la vagina de las hembras de esa especie tenía una orientación ventral – hacia delante – y no dorsal – hacia atrás – como los demás mamíferos. Esto determinó dos de los rasgos más singulares de la especie humana: hizo el parto más complicado y permitió la cópula – variantes exquisitas al margen – cara a cara. Respecto a lo primero, podemos deducir que la complejidad del parto generó la necesidad de ayuda, la que, naturalmente, provenía de otras hembras. En cuanto a lo segundo, el coito face to face posibilitó las relaciones afectivas duraderas.
La cooperación solidaria entre las mujeres y la relación entre sexo y amor son rasgos exclusivamente humanos, que bien pudieron comenzar a gestarse en la época de Lucy, pero también, de algún modo, pudieran contarse dentro de los orígenes del lenguaje.
Al respecto, hace poco más de un año, el antropólogo Robert McCarthy, de la Universidad Atlántica de Florida, conmocionó a los científicos del planeta entero al presentar la reconstrucción sonora de la voz de un neandertal. Utilizando una computadora y un sintetizador, McCarthy generó el sonido de la letra “e” (sonido en inglés), tal como – según McCarthy, por supuesto – la pronunciaba el neandertal. Para quienes quieran escucharlo, el enlace: www.fau.edu/explore/media/FAU-neanderthal.wav.
Lo que hizo McCarthy fue tratar de encontrar la ubicación de la laringe, la lengua y el hueso hioides, en los neandertales. A partir de eso diseñó una especie de simulador para recrear el sonido. Sin embargo, simular no es lo mismo que reconstruir la anatomía y el funcionamiento de la garganta, lo que ya es harina de otro costal. La lengua, la laringe y las cuerdas vocales están hechas de tejido blando y por lo tanto no fosilizan. Antes que desanimarse, los paleoantropólogos buscaron en la base del cráneo y en el hueso hioides las claves necesarias, pero luego de estudiar decenas de cráneos y numerosos hioides, llegaron a la conclusión de que tampoco era posible reconstruir el aparato fonador con ese método. Se aproximaron entonces al problema por otra ruta: el camino del oído.
Como sabemos, en el oído se encuentran los huesos más pequeños del cuerpo humano, es decir el martillo, el yunque y el estribo. Esos huesitos, junto con el tímpano y el conducto auditivo externo, se encargan de transmitir las ondas sonoras del aire, desde el exterior hasta el oído interno. Al hacerlo, filtran acústicamente los sonidos que transmiten, potenciando unas frecuencias y anulando otras. Debido a esto, las llamadas de los chimpancés, por ejemplo, son acústicamente muy sencillas y contienen poca información, ya que las ramas y las hojas de la selva – su hábitat – distorsionan el sonido, motivando que el filtro de sus huesos del oído lo limite a una banda estrecha. En los humanos, por el contrario, la banda de frecuencia es mucho más ancha y de mayor sensibilidad. Nuestro oído está sintonizado a la voz de nuestros semejantes. Al estudiar el oído de los neandertales, se ha comprobado que oían como nosotros, lo que permite deducir que fueron capaces de hablar también como nosotros.
Finalmente, como concluye una publicación especializada que leí, resulta significativo que la mejor aproximación al origen del lenguaje se haya dado no a través del órgano que emite la voz, sino del que la percibe. Es como si fuese necesario recordarnos que la capacidad de escuchar al otro nos hace tan o más humanos que la capacidad de hablar.
Y en eso, como me dijera mi querido hermano Chino esta misma tarde, yo soy el peor de todos.