viernes, 12 de junio de 2009

Civilización

Kenneth Clark cierra su libro Civilización reflexionando sobre la vida, de un modo verdaderamente conmovedor. En ningún momento de la historia, dice, los artistas estuvieron tan aislados de la sociedad y del pensamiento oficial, como en su época estuvieron los impresionistas. Su uso del color para enfocar sensualmente el paisaje no tiene conexión alguna con las corrientes intelectuales de la época. En sus mejores años, los que van de 1865 a 1885, los llamaron locos o, en el mejor de los casos, los ignoraron, como si estuvieran, claro, pintados en la pared. Cézanne, tal vez el más grande de todos ellos, se refugió en Aix-en-Provence para poder pintar como quería. Su exilio, su voluntario exilio, fue imitado por muchos otros, pero uno, Auguste Renoir, se quedó en París. Renoir era pobre y no pintaba ni a ricos ni a importantes, pero - de eso no cabe duda - era feliz. Al respecto, Clark nos recuerda que antes de hacer sombrías generalizaciones sobre los años finales del siglo XIX - se refiere a las penalidades de los pobres, al lujo asfixiante de los ricos y todo el rollo que ustedes saben - sería conveniente recordar que dos de los cuadros más bellos de esa época son Les Canotiers y Le bal de le Moulin de la Galette (Los Remeros y Baile en el Molino de la Galette, nada les va a costar verlos en Internet). Ambos son de Renoir y su tema no es ni la conciencia reavivada, ni el materialismo heroico, ni Marx, ni Nietzche, ni Freud. Solamente un grupo de seres humanos - hombres y mujeres - pasando un buen rato.
También conviene saber que los impresionistas no buscaron la popularidad. Más bien se expusieron al ridículo público, aunque al final la alcanzaron de algún modo. Tal vez todos, excepto Vincent van Gogh, que, irónicamente, la quiso con ansias. Van Gogh tenía el corazón dividido entre su vocación de pintor y la de predicador. Sentía, como San Francisco de Asís, la obligación de compartir la pobreza con la gente más olvidada y miserable y si abandonó ese modo de vida no fue por no poder soportar las penalidades del pobre, sino por su invencible y hondísima necesidad de pintar. Y Van Gogh pintó, pintó y pintó, hasta que la intensidad de sus sentimientos lo volviera loco.
La intensidad de los sentimientos, la urgente necesidad de expresarse, la locura. Cuando leo sobre esto, vuelvo a leer, y otra vez leo, empiezo a desasosegarme y entonces dejo el libro. Me voy al malecón, a un tiro de piedra de mi casa, para mirar la bahía, las luces de Chorrillos y su cruz a mi izquierda, las de La Punta a mi derecha. Me lleno de ese paisaje - mi favorito, pronto intentaré pintarlo con palabras - y, junto con Kenneth Clark, empiezo de nuevo a creer que el orden es mejor que el caos y la creación mejor que la destrucción. Creo también que es mejor la moderación que la violencia y el perdón mucho mejor que la revancha, así como que el conocimiento es mil veces preferible a la ignorancia y la solidaridad humana vale más que la ideología. Mágicamente, me reconcilio conmigo mismo. Será, tal vez, que ahí, en el lugar desde donde miro el mar por las noches, algún dios tiene su morada.

martes, 9 de junio de 2009

El corazón es un instrumento de muchas cuerdas (reparación de una torpeza)

A lo largo de las calles de París avanzaban con estruendo los toscos y trágicos carros de la muerte. Seis carretas llevaban el vino del día a la guillotina... Seis carretas rodaban a lo largo de las calles. Vuélvelas a lo que eran antes, Tiempo, tú que eres un poderoso mago, y se verán las carrozas de monarcas absolutos, los equipajes de nobles feudales, los vestidos de rutilantes jezabeles, las iglesias que no son la casa de mi padre, sino guaridas de ladrones, las chozas de millones de hambrientos campesinos.
CHARLES DICKENS, Historia de Dos Ciudades.
Charles Dickens murió un día como hoy, 9 de junio, en 1870. "El corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas - escribió - y el perfecto conocedor de los hombres sabe hacer vibrar todas, como un buen músico". Dickens, qué duda cabe, supo hacer vibrar las mías y más que eso, me ayudó en momentos muy difíciles, cuando el ángel de la desesperación me había visitado y no se iba, cuando los gatos que viven en mi azotea se desaforaron y trajinaban día y noche, sin descanso. Ahí, justo ahí, apareció primero su Historia de Dos Ciudades, luego David Copperfield, Grandes Esperanzas, La Tienda de Antigüedades, y otros de sus libros, para iluminarme - rescatarme - con sus acontecimientos increíbles, sus extraordinarias coincidencias y sus entrañables personajes -Nicholas Nickleby, Pip, Wilkins Micauber, el doctor Manette y su hija Lucía, Charles Darnay, y hasta Ebenezer Scrooge, de su célebre Canción de Navidad - pero, sobre todo, con su empatía por los hombres y mujeres comunes y corrientes, los ciudadanos de a pie, y su inquebrantable fe en que, al final, el bien siempre gana, aunque para eso haya que recurrir a formas inesperadas, inverosímiles.
Charles Dickens escribió sobre y para los humillados, los abandonados y les - ¿nos? - dio una salida mucho más que digna, a través de su copiosa y a la vez tierna imaginación. No podía ser de otra manera, porque él mismo tuvo que trabajar como un esclavo desde los doce años, cuando encarcelaron por deudas a su padre, y supo sacudirse de ese karma, para destacar la vida de los pobres olvidados, como también utilizar su poderosa ficción contra injusticias y desigualdades, convirtiéndose al final de su vida en un ídolo literario de la humanidad entera.
En su epitafio se lee que "fue un simpatizante del pobre, del miserable, y del oprimido; y con su muerte, el mundo ha perdido a uno de los más grandes escritores ingleses". Yo recomiendo a cualquiera que se haya sentido en algún momento tomado por la angustia, que lea a Dickens y se acoja a su cálido embrujo.
Me lo vas a agradecer.

lunes, 8 de junio de 2009

Tres mujeres de Borges

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única...
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo...
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la esperanza y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles...
El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo.
JORGE LUIS BORGES: "El Amenazado", El oro de los tigres.
Durante las seis últimas horas de su vida, Jorge Luis Borges repasó la literatura universal - la gran pasión de su vida - con Jean Pierre Bernés, su traductor al francés. Después, recitó el padrenuestro en sajón antiguo, a continuación en inglés, luego en francés y finalmente lo pronunció en español tres veces, antes de caer en un coma del que no se despertaría más. Sin embargo, mucho se ha especulado sobre otro tipo de pasiones, sobre las mujeres de su vida. Meses antes de su muerte, en Ginebra, el mismo Bernés le había preguntado: "¿Quién es Borges? ¿Cervantes, el Quijote o Alonso Quijano?". Borges respondió inmediatamente: "Los tres". Me pregunto ahora: ¿y sus Dulcineas, quiénes fueron? Para responder, viene en mi ayuda Mario Paoletti, a través de un interesante artículo de la Revista de Occidente.
De acuerdo a Paoletti, Borges amó a muchas mujeres, a las que consideraba únicas, a las que veía "igual que como Dios nos ve". Sin embargo, casi ninguna de ellas lo amó, a pesar de lo que les ofreció:

Te ofrezco pobres calles, desesperados crepúsculos, la luna de los desarrapados suburbios.
Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente la luna solitaria. Te ofrezco lo que pueda haber en mis libros, lo que pueda haber de hombría y humor en mi vida.
Te ofrezco la entraña de mi ser, que de algún modo he preservado.
Te ofrezco explicaciones de ti misma.
Te puedo dar mi corazón, mis tinieblas, el hambre de mi soledad.

Sí, pues, muchas mujeres le dolieron en todo el cuerpo a Borges, pero, ¿tuvo novias? Paoletti nos dice que sí, que tuvo tres. Esas tres mujeres fueron Concepción Guerrero, Cecilia Ingenieros y Estela Canto.
Borges tenía veintidós años. Concepción - Conchita - dieciséis, ojos negros y una larga trenza, negra, también. "Cuando yo la abrazo, ella se estremece", le cuenta Borges a un amigo íntimo. Viaja a Europa y se queda casi un año ("trescientos días como trescientas paredes"). A su regreso, Conchita se ha cortado la trenza. Las relaciones se enfrían. Rompen y no vuelven a verse.
Cecilia y Jorge Luis se conocieron en una reunión. Ella vivía cerca de su casa, era hija del filósofo José Ingenieros y, lo mismo que a él, le gustaba caminar. Entre 1941 y 1943, hacen largos paseos, se conocen, planean viajar a Europa y casarse allí. Que el propio Borges cuente el resto:

"Yo estaba perdidamente enamorado de ella. Nos casaríamos en Europa, esa era la idea. Pero un día nos encontramos en una confitería del centro y Cecilia me dijo:
- Dentro de dos semanas me voy a Europa.
- Nos vamos, querrás decir - la corregí yo.
- No, me voy sola. He decidido no casarme contigo.

Ahí se acabó el noviazgo. Cecilia, que era bailarina, no se fue a Europa. Se fue a Estados Unidos, estudió con Martha Graham - la Picasso de la danza moderna -, luego dejó el baile, se casó y se dedicó a la egiptología. Se dice que Borges escribió Emma Zunz para complacerla.
Con Estela Canto, Borges tuvo su noviazgo más largo. Se enamoraron en 1945. Ella era morena, esbelta, de ojos negros, de clase baja y de izquierda. Recitaba de memoria a George Bernard Shaw, uno de los santos del altar de Borges. Él le propuso matrimonio y ella le exigió probar antes su compatibilidad sexual. No resultó y se separaron. Estela se casó y se divorció tres años después. En 1955, intentó reconquistarlo, sin ningún éxito. Tal vez por eso, Estela comienza a beber fuerte. Durante los años 80 empiezan a verse nuevamente, a menudo. En una de esas citas ocurre un hecho trágico: Estela, con graves problemas económicos, le pide permiso para vender el manuscrito de El Aleph, que él le había regalado y dedicado. Le comenta, además, que su esposo le había recomendado que espere a la muerte del escritor, "porque entonces esos papeles valdrían diez veces más". Borges la escucha en silencio y después replica: "Si yo fuese un caballero, en este momento iría al toilette y se oiría un disparo". Finalmente, Estela vendió el manuscrito a una famosa casa londinense de remates, por 25, 760 dólares.
Joaquín Sabina tiene razón. A veces gana el que pierde a una mujer.

domingo, 7 de junio de 2009

Los Espías

Mi hijo Ernesto, el menor de todos, acaba de escribirme de Ecuador. Hace unas semanas salió del Cusco. Mochilero, quiere correr mundo, ver qué pasa. Cuando yo tenía su edad, hice un viaje similar con Constantino. Aquí cuento un episodio de ese viaje.


La luz se hizo sombra, cuando entró el gigante. Su musculosa espalda tapaba al sol y el ómnibus se inclinaba a la derecha y a la izquierda, mientras el ogro caminaba por el pasillo, directamente hacia nosotros. Los asientos parecían a punto de ser arrancados de cuajo por la fuerza de sus brazos, cuando se agarraba de ellos para conservar el equilibrio. Constantino y yo lo mirábamos aterrorizados y – puedo jurarlo - nos hacíamos cada vez más diminutos, cada vez más escuálidos, cada vez más débiles.

- ¿Y ahora? – susurró Constantino.
- Nos hacemos los dormidos – respondí, y cerré los ojos.

Brillante ocurrencia la mía. Brillante, pero inútil. El gigante nos sacudió con sus manazas.

- Peruanitos, ¿nocierto? A ver, sus pasaportes.

Estábamos en la hermana República del Ecuador, sólo que en esa época no era tan hermana. Resultaba, pues, muy imprudente, casi suicida, circular por esos pagos sin permiso de las autoridades correspondientes. Ese era – cómo no – nuestro caso. No teníamos ni medio pasaporte que mostrar.

- Ya mismo los van a colgar de los huevos, por mandarinas – pronosticó el gigante.
- ¿De los huevos? – pregunté, retórico.
- Porsupollo, mi pana, a menos que yo los acolite.
- ¿Perdón? – dijo Constantino, tan educado como siempre.

El gigante, que de malo solo tenía la pinta, iba a ayudarnos a llegar a Guayaquil. Habíamos tomado el ómnibus en Machala, sin saber que el camino entre esa ciudad y el puerto estaba plagado de puestos fronterizos. Según nos explicó, a los soldados encargados de la vigilancia nada les gustaba más que capturar peruanos indocumentados, para aplicarles el tratamiento mencionado. Al parecer, calificábamos como espías. En otras palabras, habíamos comprado todos los boletos de la rifa para la colgadita esa, pero el gigante sabía como evitarnos el dolor y la vergüenza de vernos suspendidos de la parte más querida de nuestra anatomía.

- La buseta tiene que detenerse por fuerza en cada puesto, para que los pacos pidan documentos – dijo -, pero ni que fueran tan cojudos para pasarse el día entero en el mismo camello…
- Ajá, claro – dijimos los dos a la vez, pensando que era momento de insertar un comentario, pero sin entender muy bien el plan.
- … así que suben, tiran un ojo, y si no hay nada raro, te dejan seguir camino – prosiguió el gigante.
- Pero nosotros…
- Ustedes nada – me interrumpió -, porque no van a estar ahí. Se bajan un momentico antes de llegar al puesto, le dan la vuelta caminando por los bananales que están atrás y después se vuelven a la carretera. Ahí los vamos a esperar, panas. ¿Qué me dicen? ¿No está chévere?

Acogimos la propuesta con muchísimo entusiasmo. El plan era sencillo, reducía los riesgos a los que estábamos expuestos y, sobre todo, era el único disponible. El chofer del ómnibus – buseta, decía el gigante – lo aprobó. Los pasajeros, también, por aclamación. Fue un hermoso ejemplo de hermandad latinoamericana. Todo el mundo aportó ideas, recomendaciones y consejos. Ocultamos nuestras mochilas bajo los asientos y nos preparamos para la primera bajada, pero, antes de seguir con la historia, permítanme explicar cómo habíamos llegado ahí.

Todo comenzó unas tres semanas antes, en el verano de 1974 o 1975, no recuerdo bien. Yo acababa de sufrir lo que los cronistas policiales llaman una “decepción amorosa”, cuando tienen que explicar las causas de un suicidio. En realidad, me sentía como si me hubiese atropellado un camión, uno de esos Volvo grandazos, de cuatro ejes y veinte toneladas. Mi autoestima estaba en el subsuelo, al nivel de la napa freática, más o menos. Constantino, en cambio, vivía una floreciente relación y – más inconsciente que conscientemente, creo yo - se preparaba para asumir tempranas responsabilidades. Sea como fuere, los dos necesitábamos salir de Lima, para tomar distancia, para pensar un poco. Así, pues, decidimos irnos a El Silencio, a pasar unos días en la playa. Sin embargo, minutos antes de partir, nos dimos cuenta de que las posibilidades de tener algún encuentro incómodo en un lugar tan concurrido como ese eran muy grandes, de modo que cambiamos de rumbo y nos dirigimos hacia el norte, tirando dedo.

Tuvimos suerte, porque llegamos a Trujillo justo a tiempo para buscar y encontrar un parque donde pasar la noche. El viento soplaba fuerte, así que nos acomodamos al abrigo de unos árboles. Cansados como estábamos, el sueño llegó pronto, pero se fue tan rápido como vino.

- ¿Qué hacen aquí? – nos preguntó un policía, mientras su compañero nos alumbraba con una linterna.

Me preparé para el combate. Ciertas escaramuzas con las fuerzas del orden, en el Estadio Nacional y en alguna cantina de La Herradura, me habían enseñado que la relación entre Constantino y las autoridades no era, digamos, fraterna.

- ¿Cuál es su misión, muchachos? – volvió a preguntar el agente.
- Estamos durmiendo… bueno, tratando, pero tú no nos dejas – respondió Constantino, sin abrir los ojos, fastidiado, como si el policía hubiese irrumpido en su mismísima habitación, perturbándole el sueño.

El custodio de la ley, como si oyera llover. No acusó recibo.

- Este lugar es peligroso, les pueden robar. Mejor vamos a la comisaría, ahí van a estar mejor.

Constantino, ahora sí, abrió los ojos. Yo también, tan sorprendido como él. Después de consultarnos con la mirada, decidimos aceptar la invitación y acompañamos a los buenos policías a la delegación, donde – justo es decirlo – disfrutamos de un merecido descanso como huéspedes de honor y no como detenidos.

Al día siguiente, temprano, seguimos viaje. Estuvimos en Chiclayo, en Piura, en Tumbes, y terminamos en Puerto Pizarro, donde pasamos una semana plena de sol y cebiches compartidos con los pescadores de la caleta, que cada mañana nos llevaban a pescar en sus chalanas. Comíamos y dormíamos en un restaurante, gracias a la generosidad del dueño, que nos daba pensión a cambio de trabajo. Debo consignar aquí que tuve el privilegio de ver a Constantino, por primera y única vez en su vida, barrer y lavar los platos. No eran, sin embargo, esas actividades las que consumían la mayor parte de nuestras energías. El mar de Puerto Pizarro era famoso por la abundancia de rayas, esos peces cartilaginosos, primos hermanos de los tiburones, con un aguijón venenoso al final de la cola, agudo “como un estilete sobre un látigo”, según consigna el diccionario. ¿Luchábamos el día entero contra ellas? No. Nunca nos molestaron. Nuestra lucha era contra otros representantes del reino animal: los zancudos, que, a partir de las seis de la tarde, con la caída del sol, comenzaban sus incursiones punitivas. Los malditos bichos, volando en perfecta formación, nos martirizaban noche tras noche, obligándonos a movernos de aquí para allá, en vanos intentos para poder dormir. Ni el repelente, ni el insecticida que tomamos prestado del almacén del restaurante, ni las toallas con la que nos cubríamos la cara, ni – por último – el karate, sirvieron para darnos la paz anhelada, hasta que, por fin, encontramos la manera de burlarlos. Improvisamos una suerte de carpas con las mesas del restaurante, colocando sobre ellas sus manteles de hule, de manera que, colgando hasta el suelo, hacían inexpugnables nuestros refugios.

- ¿Te están picando? Cambio. – me preguntó Constantino, desde su base.
- No, pero los escucho zumbar como locos. Cambio – respondí desde la mía.
- Es que ya les metimos la yuca. Cambio y fuera, voy a jatear.

Y muerto el perro, muerta la rabia. Los zancudos se fueron desmoralizados, derrotados por la inteligencia humana, a competir con Drácula en otro sitio. Nosotros pudimos dormir bien, sin permiso de la policía. Los días pasaron, más hermosos todavía, pero – ya lo dijo Héctor Lavoe – todo tiene su final, nada dura para siempre: dejamos Puerto Pizarro, para regresar a Lima. En Tumbes, desandando ya el camino, el diablo metió la cola. Después de pasar por Curich, donde compramos unas cremoladas de pura fruta, nos detuvimos en un kiosko de periódicos. En un diario local leímos que Bancoper, un equipo peruano de volley, jugaba al día siguiente contra Nacional de Guayaquil, en no sé qué coliseo de esa ciudad. En Bancoper jugaban Cecilia Tait, Cecilia del Risco y una tercera Cecilia, la hermana de Constantino y – lo digo con todo derecho - hermana mía también. ¿Cómo no ir a verla? Guayaquil estaba “aquí nomás”, así que juntamos nuestros últimos centavos y cruzamos la frontera, con un salvoconducto que nos permitía llegar solamente hasta Machala. Ahí llegamos y nos subimos al ómnibus, o buseta, ya saben, del que bajábamos – ya saben, también - cada cierto trecho, para sortear los puestos fronterizos.

La noche estaba bien avanzada, cuando cruzamos el puente sobre el río Guayas, a las puertas de la ciudad. La luna y las estrellas competían con la luces de Guayaquil por el reflejo sobre el río. La vista era espléndida, el paisaje hermoso, la atmósfera mágica. Estábamos contentos, porque no nos habían colgado de ninguna parte, llenos de esa sensación de libertad que dan los viajes, y muy agradecidos con el gigante, el chofer y los pasajeros, que nos habían ayudado con mucha cordialidad y enorme simpatía. Habíamos, por fin, llegado a Guayaquil. No a Ítaca, es cierto, pero en nuestros corazones vivía Ulises, en todo su esplendor. Nos despedimos con abrazos de verdad y partimos a la conquista del puerto. Cándidos como éramos, no sabíamos que todavía seguíamos siendo espías.

Mientras caminábamos, sin rumbo fijo, enfrentamos los dos problemas que teníamos por delante. El primero, dónde pasar la noche. El segundo, cómo encontrar a Cecilia. Pocas cuadras después, llegamos a la conclusión de que resolviendo el segundo, matábamos el primero, porque le podríamos gorrear hotel a Cecilia y dormir aunque sea en el pasillo, lo que ya era un avance. Eso sí, siempre y cuando averiguáramos dónde se alojaba. No lo averiguamos. La luz del sol nos sorprendió aplanando calles extranjeras, pero también nos trajo suerte. Un despabilado transeúnte, sin duda aficionado al volley, nos dio datos precisos sobre el alojamiento de la delegación peruana. Naturalmente, nos costó poco trabajo llegar. Habíamos caminado tanto por la noche, que estábamos calificados para dibujar el plano de Guayaquil, hasta su más mínimo detalle.

En el hotel, la recepcionista nos miró de arriba abajo, con justificada desconfianza. Conviene explicar que, después de quince días de viajar como mochileros, habíamos hecho nuestro aquel slogan que años más tarde parafrasearía un conocido experto en artes marciales del cine. Me refiero, ya habrán adivinado, a “bañarse nunca, jabonarse jamás”.

- Son las seis de la mañana – dijo la mujer -. La señorita Carvallo está durmiendo, no puedo despertar a una deportista a estas horas. Será para que me echen – concluyó.
- ¿Podemos esperarla aquí? - pregunté con alguna timidez, mientras Constantino se sacudía disimuladamente la camisa.

La recepcionista volvió a mirarme. Luego, posó sus ojos sobre los muebles tapizados de blanco que estaban frente a ella.

- Bueno – dijo, y se sumió en las tareas propias de su cargo, tratando de olvidar que alguna vez nos había visto.

Ajenos a sus preocupaciones, nos sentamos a esperar una hora decente, y aprovechamos para tirar una pestañita. Como tengo el sueño ligero, me despertó la campanilla del ascensor. Pensé que era Cecilia, pero me equivoqué. Era un señor muy bajito, con su guayabera impecablemente planchada, gruesos anteojos y bigotito recortado, como los galanes mexicanos de los 50. Parecía un funcionario del gobierno, el presidente del Rotary Club de su localidad, o tal vez, porque nunca se sabe, el director de un colegio. El hombrecillo se daba aires de importancia, era antipático y me daba mala espina. Con los ojos entrecerrados, yo seguía con la mirada su impaciente paseo frente al mostrador, en espera de su cuenta, porque había anunciado que se retiraba del hotel. De pronto, se detuvo y se puso rojo como un ají limo. Movía la cabeza de un lado a otro y le temblaban los labios, a punto de echar espuma por la boca. ¡Parecía que le habían robado el calzoncillo!

- ¡Esta es una ofensa gravísima! ¡Un ultraje a nuestra dignidad! – chilló, a la vez que señalaba, profundamente indignado, el mapa de Ecuador que estaba colgado en la pared.

Recordemos que, en esa época, nuestro país y el suyo manteníamos una absurda controversia limítrofe, algo así – la frase es de Borges – como el pleito de dos calvos por un peine. Los mapas oficiales eran distintos, de acuerdo a lo que cada país consideraba correcto, y el del hotel, claro está, reflejaba la posición ecuatoriana. A decir verdad, ya no la reflejaba, porque alguien – un peruano, qué duda cabía – había marcado en el mapa, con un plumón, los límites correspondientes a nuestra versión. Eso era lo que había provocado su furia.

- ¿Qué le pasa a ese cojudo? – me preguntó Constantino, contra quien parecían haberse confabulado los policías, los zancudos y los socios del Rotary Club, para no dejarlo dormir.

No tuve necesidad de explicárselo. El patriota injuriado seguía gritando, encaramado sobre su dignidad nacional, mientras pedía la cabeza de los autores del mapicidio, como bien diría Tres Patines. Poco a poco, el lobby se fue llenando de huéspedes que se acercaban al mapa, e inmediatamente se sumaban a la exigencia del hombrecillo, afirmando, con semblante muy serio, que el castigo debía ser ejemplar. En ese momento empezamos a darnos cuenta de que la cosa era grave. ¿Sería, acaso, posible encontrar sobre la faz de la tierra a alguien más sospechoso que nosotros dos? Simultáneamente, empezamos también a extrañar al gigante, al chofer y a los pasajeros del ómnibus. De haber estado ellos ahí, le hubieran dicho al hombrecillo que no fastidie, que dedique su tiempo a asuntos más productivos y se hubieran reído a carcajadas de su ridículo fervor patriótico. Pero no estaban, para atestiguar que no éramos espías o para mostrarnos una ruta de escape. El paredón era nuestro único e inapelable destino.
O quizá no, porque, hasta el momento, nadie parecía haber reparado en nuestra presencia. Telepáticamente – la telepatía existe entre los amigos, doy fe – decidimos poner cara de yo no fui y deslizarnos discretamente entre la gente, hasta ganar la salida. Estábamos a un tris de empezar a movernos, cuando entraron dos marineros armados con metralletas.

- Gulp – escuché tragar saliva a Constantino. Fue una señal para quedarme quieto en mi asiento.

Los marineros atendieron la bien sustentada denuncia del pundonoroso defensor de la soberanía ecuatoriana y se acercaron a la recepcionista, dando inicio a las investigaciones preliminares. Cuchichearon durante unos segundos, que nos mantuvieron con el alma en un hilo. Finalmente, la recepcionista nos señaló con el dedo.

- Ahí están – dijo.

Los marineros voltearon y caminaron hacia nosotros. Paulatinamente, se fue haciendo silencio. Los huéspedes nos clavaron sus ojos inyectados de sangre. El hombrecillo se abrió paso entre todos, adelantándose para cobrar su recompensa moral. Me dio la impresión de que iba a arrancar a cantar el himno nacional del Ecuador. Con los marineros casi junto a nuestras narices, Constantino y yo, retrocedimos, tratando de hundirnos en el respaldar del sofá donde seguíamos sentados.

- Perdonen, señores – se oyó una voz que llegaba desde el fondo del lobby.

Era el buen Charlie Cáceres, presidente de la delegación peruana, responsable de los equipos femenino y masculino de volley de Bancoper. Tras él, un muchacho con expresión compungida y mirada en el piso. Los marineros dieron media vuelta, lo mismo que el enano patriota. ¡La caballería nos había salvado! Charlie pidió disculpas e hizo que el cartógrafo las pidiera también. El ilustre prohombre de baja estatura se dio por satisfecho con las excusas, no sin antes amonestar paternal y severamente al muchacho. Los otros huéspedes aprobaron el sermón con expresivos movimientos de cabeza y, dado que el incidente se había resuelto por la vía diplomática, los marineros abandonaron gallardamente el hotel. La dignidad del Ecuador y nuestros pellejos estaban a salvo.

- ¿Y ustedes qué hacen acá? – preguntó Charlie, una vez que se hubo disuelto la manifestación cívica.

Le contamos todo, con lujo de detalles. Charlie nos escuchó atentamente, sin hacer ningún comentario y nos autorizó a subir a la habitación de Cecilia, añadiendo, como quien no quiere la cosa, que una buena ducha no nos ocasionaría ninguna enfermedad incurable. Subimos, saludamos, conversamos, contamos, pero no nos duchamos. Faltó tiempo, porque los partidos se jugaban temprano y hubo que salir al coliseo. Ganamos en damas y en varones, con bastante facilidad y, de paso, Constantino y yo nos ganamos también con una invitación al almuerzo de confraternidad que ofrecía el Club Atlético Nacional de Guayaquil. Como se sabe, la institución pertenece al ejército ecuatoriano, pero eso no representaba ningún problema para nosotros. Ya no éramos espías, podíamos afirmar que nuestras relaciones con el hermano país del norte estaban en su mejor momento. Cuánto me equivoqué.

- ¿Desde cuándo el ceviche lleva ketchup? – me codeó Constantino, con el fondo soporífero del discurso del presidente del club anfitrión, que ya llevaba tres cuartos de hora hablando sobre el aporte de las fuerzas armadas al deporte latinoamericano.
- Come nomás – le dije - ¿acaso no tienes hambre?
- Yo no voy a comer esto, prefiero tragarme medio kilo de clavos – sentenció, arrimando su plato.

Yo, que siempre fui más dócil, y no estaba para desaires, me empujé un bocado y, masticando estoicamente, lo miré, para darle el ejemplo. Entonces vi su cara, con esa expresión que tanto conocía. Algo estaba tramando. ¿Será posible que este animal no aprenda?, pensé, al momento que un trozo de pescado surcaba el comedor, para caer directamente en el ojo izquierdo de Américo Vespuccio, apodo con que el mismo Constantino había bautizado al autor del mapicidio. Vespuccio tardó unos segundos en extraer la porción de cebiche que se había encajado en su globo ocular y decidió devolver la atención, pero como no sabía de dónde había partido el proyectil, me escogió a mí como destinatario. Yo contraataqué, disparando canchitas serranas. Unas dieron en el blanco elegido, otras, como esquirlas de metralla, impactaron sobre distintos comensales, entre agasajados y oferentes. Al parecer, todo el mundo estaba a la espera de algo que los distrajera de la insoportable alocución del presidente, porque, muy pronto, volaban por el aire otras canchitas, más trozos de pescado, cebollas finamente picadas y hasta uno que otro cubierto. Me consta, porque una cuchara pasó rozando mi oreja. Charlie Cáceres estaba aterrado, pero como el discurso seguía y seguía, terminó por animarse y se sumó a la guerra, lanzando, juicioso, una que otra cosilla. Finalmente, llegó el cese del fuego y todo acabó con risas y manifestaciones de simpatía entre hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ecuatorianos y peruanos.

De ahí nomás partimos los dos hacia Lima. En el camino nos pasaron cosas memorables y muy divertidas, pero esa es otra historia, que les contaré otro día.

Así es como recuerdo a Constantino, así es como lo recordaré siempre: como un chico travieso, que desafiaba permanentemente a toda clase de autoridad mal entendida. Mi voz es la voz de la amistad entrañable. Crecimos juntos y nos quisimos mucho, de la única manera como sabíamos hacerlo, con rudeza a veces, con ironía todo el tiempo. Entre amigos, entre hermanos, no caben los homenajes, de modo que no voy a rendirle ninguno. Constantino está vivo en mi corazón.

sábado, 6 de junio de 2009

El poder de la palabra

Yo no sé, verdaderamente, cómo expresar la alegría, el entusiasmo, el buen ánimo que siento. Generosa conmigo, la vida me ha dado nuevamente la oportunidad de estudiar. Postulé a un Diplomado en Coaching y Consultoría de la Universidad Ricardo Palma, sabiendo de antemano - ya tengo experiencia en esto - que no ser titulado iba a ser un obstáculo. Afortunadamente, mi currículum y una breve entrevista lo salvaron. Hace un mes que comenzaron mis clases y, no miento, cada día estoy más contento. El nivel académico me parece excelente, pero si hay un curso que realmente me motiva a leer, a investigar, es Coaching Ontológico, a cargo del doctor Pedro Makabe. Makabe es un psiquiatra de origen japonés, especialista en Terapia Familiar Sistémica. Tiene un profundo conocimiento del tema, lo expone muy bien, es riguroso, y - como si no bastara -matiza las clases con un filudo humor cargado de significado. Las clases de Pedro - todos nos tuteamos, no hay disfuerzos académicos - nos sirven también para la vida. Ayer dejó una tarea. Antes de decir cuál es, unas líneas sobre la lectura que acabo de terminar.

Al hablar - dice el texto -, actuamos. Cuando los tailandeses hablan, ejecutan la misma clase de actos lingüísticos que los peruanos, los portugueses, los chinos o los panameños. Todas las personas, más allá del idioma que hablemos, hacemos afirmaciones, declaraciones, peticiones y otras acciones - acciones, hay que subrayarlo - lingüísticas, que son universales. Así, pues, vemos que se establece siempre un nexo entre la palabra y el mundo. En algunos casos, la palabra debe adecuarse al mundo, y en otros, es el mundo el que debe adecuarse a la palabra. Así, cuando el mundo conduce a la palabra, estamos hablando de afirmaciones. Al contrario, cuando el mundo requiere ajustarse a la palabra, estamos hablando de declaraciones. De un modo u otro, el tema central es que hablar (y, naturalmente, escribir) nunca es un acto inocente. Cada vez que ejecutamos un acto lingüístico adquirimos un compromiso y debemos aceptar la responsabilidad social de lo que decimos.
En el caso de las afirmaciones, es decir cuando hablamos del estado de nuestro mundo, nos comprometemos con la veracidad de nuestras afirmaciones, frente a la comunidad que nos escucha. Si decimos, por ejemplo, que hoy es domingo o que está lloviendo, esas afirmaciones pueden ser comprobadas. Si no se comprueban, o nos hemos equivocado, o estamos mintiendo.
El caso de las declaraciones es muy distinto. Cuando hacemos declaraciones, no hablamos de nuestro mundo. Generamos un nuevo mundo para nosotros. La palabra crea una realidad diferente. Después de decir lo que se dijo, el mundo ya no es el mismo de antes. Ha sido transformado por el poder de la palabra. Cuando Don José de San Martín declaró que el Perú era libre e independiente, no estaba hablando sobre lo que sucedía en el mundo en esos momentos. Estaba creando un nuevo mundo, un mundo que no existía antes de su declaración. Pero, ojo, las declaraciones no ocurren solamente en momentos muy especiales de la Historia. Ocurren todos los días. Cuando el alcalde dice "los declaro marido y mujer", cuando en la casa decimos "es hora de almorzar", cuando un profesor dice "aprobado" o una madre "ya puedes jugar en la computadora", se están haciendo declaraciones y, en todos los casos, el mundo cambia después de la declaración. Una vez hecha la declaración, las cosas dejan de ser como eran antes.
Las declaraciones, pues, están relacionadas con el poder. Cuando hacemos una declaración, también nos estamos comprometiendo por su validez. Sostenemos tener la autoridad para hacerla y que fue hecha de acuerdo a normas socialmente aceptadas. Ahora, así como una autoridad política tiene el poder de hacer determinadas declaraciones que afectan a la sociedad entera, cada persona humana tiene el poder de hacer declaraciones en el ámbito de la propia vida personal, y en cuanto ejerza tal poder, asienta su dignidad como persona.
Existe un conjunto de declaraciones que pertenecen a este ámbito de autoridad personal. Entre otras, la declaración del No, la declaración de aceptación (el Sí), la declaración de ignorancia, la declaración de gratitud, la declaración del perdón y la declaración de amor. De acuerdo al texto, la declaración del No es la más importante de todas, pero ya no voy a cansarlos con tanta explicación. Terminaré diciéndoles cuál es la tarea de Makabe: hacer, en esta semana, dos declaraciones sobre nuestra vida personal.

miércoles, 3 de junio de 2009

Ese vestidito negro

Confieso que tuve que apoyarme en Balzac, y en la calurosa recomendación de mi querido amigo Henry Mitrani, para leer El Vestidito Negro, de Nancy MacDonell Smith. Leyéndolo, confirmé algo que a diario veo: se puede ser frívolo en los temas más serios y serio en los temas más frívolos. Cito a Honoré de Balzac -de quien Victor Hugo dijera en su funeral que "a partir de ahora los ojos de los hombres se volverán a mirar los rostros, no de aquellos quienes han gobernado, sino de aquellos que han pensado" -, porque el apasionado escritor francés escribió que los que sólo ven moda en la moda, son unos tontos. Y es que el libro de Nancy MacDonell mira la moda con una óptica inteligente y personal, sin complejos de ninguna especie. El título original, The Classic Ten, nos remite directamente al concepto de la autora: los diez artículos que no le deben faltar a una mujer. Están el vestidito negro, el traje sastre, los jeans, el suéter de cachemira, la camisa blanca, los tacos altos, las perlas, el impermeable el lápiz labial y las zapatillas.
Anna Karenina, nos recuerda MacDonell, está vestida de negro en la fiesta donde Vronsky se enamoró perdidamente de ella. Kitty, su sobrina, que está enamorada de Vronsky, lleva un vestido rosado. Vronsky ni la mira. El negro es trasgresión. La mujer que se viste de negro demuestra que es sofisticada, sensual y segura de sí misma. Lo que sigue del capítulo es un recorrido por la historia del vestido negro, salpicado de comentarios agudos y mordaces ("Las madres y los vestidos negros no se llevan bien". "Las mujeres que visten de negro tienen vidas coloridas". "Cuando uso negro, me siento cómoda, segura y fuerte: ese telón oscuro me permite brillar con intensidad".) y muchas citas a libros, pinturas y películas.
Para Nancy MacDonell, cuando te pones jeans, se te pega un poco del encanto rebelde de los cowboys, los motociclistas y el rock and roll, por más que al señor Levi Strauss - el primero que los hizo - no se le haya pasado por la cabeza crear un imperio de la moda. Bueno, a mí tampoco se me pasó nunca por la cabeza, porque me enteré leyendo el libro, que pintarse los labios estaba de moda en el Renacimiento, buscando el efecto rostro blanco - labios rojos. Igualmente supe que las zapatillas Nike (pronúnciese naiki si se quiere ser elegante, por favor) nacieron cuando Bill Bowerman puso un trozo de caucho en la waflera y Phil Knight lo puso de suela a unas zapatillas.
Podría seguir y seguir, porque estoy cargado de un liviano y agradable entusiasmo, pero, mejor, lean el libro. Yo pasé un buen rato y me gustaría que ustedes también.

lunes, 1 de junio de 2009

Esa sonrisa

El olor a azufre llegó con el primer golpe a la puerta. Nadie durmió, hasta que hubo silencio, varias horas después. Por la mañana, la encontramos muerta, con una sonrisa muy rara. Las viejas dijeron que la señorita Damonte - la única soltera del barrio – sonreía así porque se había ido al cielo en estado de gracia, sin haber cedido al Maligno. Yo, que vivía al costado, sabía que eso no era cierto. Yo vi cuando ella le abría la puerta.